martes, 30 de diciembre de 2025

 



NO ES CARIDAD, ES DERECHO: EL PUEBLO PAGA Y EL PUEBLO MERECE DIGNIDAD.

POR: MSc. JOSÉ ISRAEL VENTUR.

INTRODUCCIÓN

Uno de los daños más profundos que ha causado la dominación histórica en nuestras sociedades no ha sido únicamente la pobreza material, sino la naturalización de la indignidad. Durante generaciones se le enseñó al pueblo que debía conformarse con lo peor, agradecer las migajas y asumir como destino inevitable la precariedad de los servicios públicos.

Esa pedagogía del desprecio caló tan hondo que hoy no solo sobrevive en las élites tradicionales, sino que es reproducida —de forma alarmante— por sectores que se autodenominan progresistas o revolucionarios.

Cuando se cuestiona la construcción de hospitales modernos, mercados dignos o espacios públicos de calidad con el argumento de que “los pobres no los necesitan” o “no los usarán”, no estamos ante una crítica técnica ni financiera, sino ante una posición ideológica profundamente clasista. Más grave aún: una postura que niega al pueblo su derecho a la dignidad, olvidando deliberadamente que esas obras no son regalos del poder, sino fruto directo de los impuestos que el propio pueblo paga.

Desde esta perspectiva, el debate deja de ser económico y se convierte en un problema ético, político y moral.

LA PEDAGOGÍA HISTÓRICA DEL DESPRECIO: CUANDO LA POBREZA SE CONVIERTE EN DESTINO IMPUESTO

Durante décadas —y en realidad durante siglos— se ha construido en nuestra sociedad una pedagogía silenciosa pero persistente: la pedagogía del desprecio hacia lo público y, por extensión, hacia los pobres. No es una casualidad ni un error individual. Es una construcción histórica profundamente ideológica que ha logrado algo todavía más grave que la explotación económica: la normalización de la inferioridad por parte de los sectores populares.

La reflexión que da origen a este comentario expone con crudeza una realidad cotidiana: la normalización de la idea de que lo mejor no es para el pobre. Que los grandes mercados no son para él. Que los hospitales modernos no son para él. Que los parques, espacios públicos y obras de calidad no son para él. Y lo más alarmante: que esta concepción no solo proviene de las élites tradicionales, sino que es reproducida por militantes y supuestos líderes que se autodefinen como “revolucionarios”.

Aquí se revela una de las contradicciones más profundas del discurso político contemporáneo: la izquierda que termina justificando la pobreza en nombre de un falso realismo social. Cuando se afirma que los pobres “no van a esos mercados” o “no llegan a esos hospitales”, no se está describiendo una realidad objetiva; se está legitimando una exclusión histórica y naturalizando una desigualdad que debería ser combatida, no administrada.

LAS OBRAS PÚBLICAS NO SON REGALOS: SON DERECHOS FINANCIADOS POR EL PUEBLO.

Hay un punto que suele omitirse de manera deliberada en este tipo de discursos: los hospitales, mercados, parques, carreteras y toda la infraestructura pública no provienen del bolsillo de los ricos, ni de la buena voluntad de ninguna élite económica. Provienen de los impuestos que paga el pueblo, directa o indirectamente, todos los días.

El trabajador que compra alimentos y paga IVA, el pequeño comerciante, el asalariado, el campesino, la vendedora informal, todos contribuyen al financiamiento del Estado. Por tanto, cuando el Estado invierte en obras públicas, no está haciendo caridad, está devolviendo al pueblo una parte de lo que el propio pueblo ha aportado.

Decir que los pobres no necesitan hospitales modernos o mercados dignos equivale a afirmar que no tienen derecho a recibir servicios de calidad con el dinero que ellos mismos generan. Es una postura profundamente injusta y moralmente insostenible. Si el pueblo paga impuestos, el pueblo tiene derecho a lo mejor, no a lo sobrante.

LA POBREZA COMO IDEOLOGÍA, NO COMO FATALIDAD

La pobreza no es solo una condición económica; es también una construcción ideológica. Durante más de doscientos años se le enseñó al pueblo que lo peor le correspondía por naturaleza, mientras lo mejor era reservado para una minoría. Mercados insalubres, hospitales colapsados, escuelas deterioradas y servicios públicos deficientes fueron presentados como algo “normal”.

Esta lógica es perversa porque transforma la carencia en costumbre y la precariedad en identidad. Bajo esta mentalidad, cualquier intento de dignificar lo público es visto como un despilfarro o un exceso. Se llega al absurdo de defender la pobreza en nombre de los pobres, sin escuchar jamás a los pobres reales, a los que han sufrido el abandono del Estado.

Cuando se afirma que los pobres “no necesitan grandes hospitales”, lo que realmente se está diciendo es que su vida vale menos, que su salud puede seguir dependiendo de estructuras obsoletas y humillantes. Ese razonamiento no es revolucionario; es profundamente conservador.

EL DESPRECIO A LO PÚBLICO COMO HERENCIA DEL PODER DOMINANTE

El desprecio hacia lo público fue inculcado desde el poder para justificar la desigualdad. Lo público debía ser malo para legitimar el privilegio privado. Lo trágico es que esa visión fue asumida incluso por sectores que decían combatir al sistema.

Así, el discurso supuestamente progresista terminó administrando la pobreza en lugar de erradicarla. Se aceptó que los hospitales públicos fueran espacios de sufrimiento, no de sanación; que los mercados populares fueran focos de insalubridad; que el pueblo debía conformarse con lo mínimo.

Frente a esa herencia, afirmar que “lo público debe ser mejor que lo privado” no es una consigna vacía: es una ruptura histórica con siglos de humillación. Significa reconocer que el pueblo merece calidad, dignidad y excelencia con el dinero que él mismo aporta.

LA TRAICIÓN IDEOLÓGICA DE LOS FALSOS LÍDERES “REVOLUCIONARIOS”

Quizá lo más grave es que esta ideología del desprecio sea reproducida por líderes que se autoproclaman defensores del pueblo. Decirle al pueblo que no aspire a lo mejor es traicionar cualquier proyecto emancipador.

No hay nada más reaccionario que justificar la desigualdad como si fuera cultura popular. No hay nada más contrarrevolucionario que pedirle al pueblo resignación. La pobreza convertida en ideología se vuelve un mecanismo de control y domesticación.

CONCLUSIÓN:

Dignidad financiada por el pueblo, no concesión del poder.

El debate no es si el pobre “va o no va” a un hospital moderno. El verdadero debate es por qué durante décadas se le negó ese derecho, aun cuando él mismo financiaba al Estado con sus impuestos.

Aceptar servicios públicos mediocres es aceptar que la vida del pobre vale menos. Rechazar esa mediocridad es un acto político, ético y profundamente humano.

Mientras existan voces que sigan diciendo que los pobres deben conformarse con lo peor, la desigualdad seguirá siendo defendida como sentido común. Y mientras eso ocurra, la verdadera transformación seguirá pendiente.

 

 

SAN SALVADOR, 30 DE DICIEMBRE DE 2025

lunes, 29 de diciembre de 2025

 


          CUANDO EL PANTANO SE DRENA, LAS RATAS GRITAN “CRISIS”

POR: MSc. JOSÈ ISRAEL VENTURA.

El FMLN y su coro de voceros reciclados no solo han hecho del engaño una práctica política permanente; han convertido la confusión conceptual en su principal herramienta de manipulación. Hoy, un youtuber mediocre, Franklinez, pretende erigirse como analista político citando al Bukele del pasado para atacar al Bukele del presente, sin comprender —o fingiendo no comprender— ni el contexto ni el significado profundo de lo que repite como loro ideologizado.

Afirmar que ordenar un sistema de salud históricamente podrido equivale a “estar en crisis” revela una ignorancia preocupante. ¿Desde cuándo limpiar un nido de cucarachas, ratas y gusanos es provocar una crisis? ¿O será que para algunos la “normalidad” consistía precisamente en el desorden, la negligencia, el chantaje sindical y el negocio inmoral con la vida de los más pobres?

Para no complicarle demasiado las cosas a estos opinadores de micrófono fácil, conviene recordar una definición elemental de crisis, formulada con claridad por Bertolt Brecht: “Las crisis se dan cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. Esa es, precisamente, la situación actual. Lo viejo —corrupto, ineficiente, arrogante— se resiste a desaparecer. Lo nuevo —orden, ética, responsabilidad, servicio al pueblo— está naciendo, y todo nacimiento duele.

Quienes hoy gritan “crisis” no lo hacen por preocupación genuina por los pacientes, sino porque se les acabó el negocio. Son los mismos que durante décadas toleraron hospitales colapsados, pacientes durmiendo en el suelo, citas de meses y años, trato inhumano y abandono sistemático. Nunca hablaron de crisis cuando el pueblo sufría; hoy la invocan porque se les tocó el privilegio.

El presidente no está “culpando” al personal médico honesto y comprometido —que existe y merece reconocimiento—, sino desmontando una estructura mafiosa enquistada en el sistema de salud.

Confundir depuración con persecución, orden con autoritarismo y responsabilidad con “crisis” es una maniobra deliberada para defender intereses particulares, no derechos colectivos.

Las crisis no son el problema; son la condición del cambio. Solo quienes viven del pantano temen que se drene el pantano. Solo quienes hicieron de la salud un botín político se oponen a que el sistema funcione. El pueblo lo entiende con claridad: si hay resistencia, es porque algo se está tocando donde duele.

Hoy no estamos ante una crisis del sistema de salud; estamos ante la crisis de los corruptos, de los mediocres, de los que jamás sirvieron al pueblo y ahora gritan porque el pueblo exige resultados. Y esta vez, no hay vuelta atrás.

 

 

SAN SALVADOR, 28 DE DICIEMBRE.

domingo, 28 de diciembre de 2025

 


                 AUGUREROS DEL FRACASO: CUANDO EL ANÁLISIS SE PIERDE EN LA PROFECÍA

POR: MSc. JOSÈ ISRAEL VENTURA.

RESUMEN

En el contexto político salvadoreño reciente ha emergido con fuerza un tipo particular de discurso opositor caracterizado por la profecía constante del desastre, el fracaso gubernamental y el colapso institucional. Este artículo analiza críticamente el papel de los llamados “augureros y predigitadores del mal”, figuras mediáticas y analistas políticos que, ante la pérdida de credibilidad y de propuestas programáticas, recurren sistemáticamente a la narrativa del miedo como estrategia discursiva. A partir de un análisis histórico, político y comunicacional, se examina cómo estos discursos han fallado reiteradamente en sus predicciones, cómo operan simbólicamente en la opinión pública y cuáles son sus implicaciones para la democracia, la racionalidad política y la formación de ciudadanía crítica en El Salvador.

Palabras clave: discurso político, narrativa del miedo, oposición política, comunicación mediática, El Salvador.

INTRODUCCIÓN.

La política contemporánea ya no se libra únicamente en el terreno de los programas, las ideologías o los proyectos de nación. En las sociedades mediáticas, la lucha política se ha trasladado, en gran medida, al plano de los discursos, las narrativas y la construcción simbólica de la realidad. En este escenario, la palabra se convierte en arma, y la interpretación de los hechos, en campo de batalla.

En El Salvador, durante los últimos años, se ha observado la proliferación de un tipo específico de discurso opositor que no se define por la crítica racional ni por la presentación de alternativas viables, sino por la anunciación permanente del desastre. Analistas reciclados, opinólogos de oficio y comentaristas mediáticos han asumido el rol de augureros, es decir, de intérpretes del mal por venir, y de predigitadores, expertos en anunciar catástrofes que nunca llegan a materializarse.

Estos actores no solo pronostican el fracaso del gobierno, sino que parecen desearlo, pues su legitimidad pública depende de que el país se hunda para poder decir: “teníamos razón”.

 Esta actitud revela una profunda crisis ética y política: el bienestar colectivo queda subordinado a la necesidad individual o grupal de mantener una narrativa de oposición permanente.

El presente artículo se propone analizar este fenómeno desde una perspectiva crítica, abordando sus raíces históricas, su funcionamiento discursivo y sus consecuencias sociales. Lejos de una defensa acrítica del poder, se busca reflexionar sobre la responsabilidad del análisis político y sobre los riesgos de convertir la opinión pública en un escenario de profecías apocalípticas sin sustento empírico.

1. EL AUGURIO COMO ESTRATEGIA POLÍTICA

Históricamente, el augur era aquel que interpretaba los signos para anunciar el futuro. En la política contemporánea, el augur mediático no observa signos objetivos, sino que construye escenarios de miedo a partir de prejuicios, intereses y frustraciones acumuladas.

En El Salvador, este tipo de discurso se ha manifestado con especial intensidad desde antes de la llegada de Nayib Bukele a la presidencia. Se anunció que su candidatura era “un salto al vacío”, que su gobierno provocaría el colapso económico, la ruptura institucional y el aislamiento internacional. Ninguna de estas profecías se cumplió en los términos catastróficos anunciados.

El problema no es la crítica —indispensable en toda democracia—, sino la repetición sistemática de predicciones fallidas sin ningún ejercicio de autocrítica posterior. El augur del mal nunca rinde cuentas por sus errores; simplemente reformula el desastre para una fecha futura.

2. LA NARRATIVA DEL MIEDO COMO SUSTITUTO DEL ARGUMENTO

Cuando una oposición carece de propuestas claras, el miedo se convierte en su principal recurso. En lugar de explicar cómo mejorar la economía, fortalecer las instituciones o combatir la desigualdad, se recurre a mensajes alarmistas: dictadura inminente, guerra civil, colapso financiero, sanciones internacionales.

Este tipo de narrativa no busca informar, sino desestabilizar emocionalmente a la ciudadanía. El miedo paraliza, confunde y erosiona la capacidad de análisis crítico. Así, la opinión pública se transforma en un espacio de ansiedad permanente, donde cualquier decisión gubernamental es presentada como una amenaza existencial.

Paradójicamente, esta estrategia termina debilitando a quienes la emplean. Cuando el desastre no ocurre, la credibilidad del mensajero se deteriora aún más, y la ciudadanía desarrolla una creciente inmunidad frente a sus advertencias.

3. EL ERROR HISTÓRICO DE LAS PREDICCIONES OPOSITORAS

Uno de los elementos más reveladores del fenómeno es la persistencia del error. Antes de 2019 se afirmó que un gobierno de Bukele sería imposible sin apoyo legislativo; sin embargo, gobernó en condiciones adversas. Se aseguró que su proyecto político dependía exclusivamente del respaldo de Estados Unidos, ignorando que durante buena parte de su mandato gobernaron administraciones demócratas poco afines.

También se anunció el colapso económico por la adopción del bitcoin, sin considerar la complejidad del sistema financiero ni la capacidad de adaptación del Estado. La economía no colapsó; por el contrario, el país mantuvo estabilidad macroeconómica en un contexto global adverso.

El problema no es equivocarse —el error es parte del análisis—, sino negar sistemáticamente la realidad cuando contradice la narrativa.

4. OPOSICIÓN, ÉTICA Y RESPONSABILIDAD PÚBLICA

Una oposición democrática cumple una función esencial: fiscalizar, proponer, corregir. Pero cuando la oposición se convierte en una fábrica de catástrofes imaginarias, traiciona su propia razón de ser.

Desear que al país le vaya mal para ganar legitimidad política es una forma de antipatriotismo cívico. La crítica pierde valor cuando se fundamenta en el resentimiento y no en el interés general. En este sentido, los augureros del mal no solo fracasan como analistas, sino como actores éticos dentro del espacio público.

5. Medios de comunicación y amplificación del discurso apocalíptico

Los medios de comunicación juegan un papel clave en la reproducción de estas narrativas. Al ofrecer micrófonos permanentes a los mismos analistas, sin contrastar datos ni exigir rigor, contribuyen a la normalización del alarmismo.

La repetición mediática no convierte una mentira en verdad, pero sí puede convertirla en ruido permanente, afectando la calidad del debate público y debilitando la confianza ciudadana en la información.

CONCLUSIÓN

El fenómeno de los augureros y predigitadores del mal en El Salvador no es un simple problema de opinión, sino un síntoma de una crisis más profunda de la oposición política y del análisis público. La incapacidad para leer la realidad, reconocer errores y construir propuestas ha llevado a ciertos sectores a refugiarse en el miedo como último recurso.

La historia reciente demuestra que las profecías apocalípticas no solo han sido erróneas, sino contraproducentes. Lejos de debilitar al gobierno, han debilitado a quienes las emiten, erosionando su credibilidad y su capacidad de incidencia real.

Una democracia madura requiere crítica, pero también honestidad intelectual, responsabilidad ética y respeto por los hechos.

REFLEXIÓN FINAL

El Salvador no necesita profetas del desastre, sino ciudadanos críticos; no necesita predicadores del miedo, sino constructores de futuro. La política no puede reducirse a la espera ansiosa del fracaso ajeno. Cuando el análisis se desconecta de la realidad, deja de ser pensamiento y se convierte en espectáculo.

La verdadera oposición no se define por anunciar el fin del país, sino por trabajar para que ese fin nunca llegue. Y la historia, implacable y paciente, siempre termina poniendo a cada augur frente al espejo de sus propias palabras.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

1.       Bobbio, N. (1996). Derecha e izquierda. Madrid: Taurus.

2.       Chomsky, N. (2002). El control de los medios de comunicación. Barcelona: Crítica.

3.       Habermas, J. (1999). Teoría de la acción comunicativa. Madrid: Trotta.

4.       Sartori, G. (2003). Homo videns: la sociedad teledirigida. Madrid: Taurus.

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                 AUGUREROS DEL FRACASO: CUANDO EL ANÁLISIS SE PIERDE EN LA PROFECÍA

POR: MSc. JOSÉ ISRAEL VENTURA.

RESUMEN

En el contexto político salvadoreño reciente ha emergido con fuerza un tipo particular de discurso opositor caracterizado por la profecía constante del desastre, el fracaso gubernamental y el colapso institucional. Este artículo analiza críticamente el papel de los llamados “augureros y predigitadores del mal”, figuras mediáticas y analistas políticos que, ante la pérdida de credibilidad y de propuestas programáticas, recurren sistemáticamente a la narrativa del miedo como estrategia discursiva. A partir de un análisis histórico, político y comunicacional, se examina cómo estos discursos han fallado reiteradamente en sus predicciones, cómo operan simbólicamente en la opinión pública y cuáles son sus implicaciones para la democracia, la racionalidad política y la formación de ciudadanía crítica en El Salvador.

Palabras clave: discurso político, narrativa del miedo, oposición política, comunicación mediática, El Salvador.

INTRODUCCIÓN.

La política contemporánea ya no se libra únicamente en el terreno de los programas, las ideologías o los proyectos de nación. En las sociedades mediáticas, la lucha política se ha trasladado, en gran medida, al plano de los discursos, las narrativas y la construcción simbólica de la realidad. En este escenario, la palabra se convierte en arma, y la interpretación de los hechos, en campo de batalla.

En El Salvador, durante los últimos años, se ha observado la proliferación de un tipo específico de discurso opositor que no se define por la crítica racional ni por la presentación de alternativas viables, sino por la anunciación permanente del desastre. Analistas reciclados, opinólogos de oficio y comentaristas mediáticos han asumido el rol de augureros, es decir, de intérpretes del mal por venir, y de predigitadores, expertos en anunciar catástrofes que nunca llegan a materializarse.

Estos actores no solo pronostican el fracaso del gobierno, sino que parecen desearlo, pues su legitimidad pública depende de que el país se hunda para poder decir: “teníamos razón”.

 Esta actitud revela una profunda crisis ética y política: el bienestar colectivo queda subordinado a la necesidad individual o grupal de mantener una narrativa de oposición permanente.

El presente artículo se propone analizar este fenómeno desde una perspectiva crítica, abordando sus raíces históricas, su funcionamiento discursivo y sus consecuencias sociales. Lejos de una defensa acrítica del poder, se busca reflexionar sobre la responsabilidad del análisis político y sobre los riesgos de convertir la opinión pública en un escenario de profecías apocalípticas sin sustento empírico.

1. EL AUGURIO COMO ESTRATEGIA POLÍTICA

Históricamente, el augur era aquel que interpretaba los signos para anunciar el futuro. En la política contemporánea, el augur mediático no observa signos objetivos, sino que construye escenarios de miedo a partir de prejuicios, intereses y frustraciones acumuladas.

En El Salvador, este tipo de discurso se ha manifestado con especial intensidad desde antes de la llegada de Nayib Bukele a la presidencia. Se anunció que su candidatura era “un salto al vacío”, que su gobierno provocaría el colapso económico, la ruptura institucional y el aislamiento internacional. Ninguna de estas profecías se cumplió en los términos catastróficos anunciados.

El problema no es la crítica —indispensable en toda democracia—, sino la repetición sistemática de predicciones fallidas sin ningún ejercicio de autocrítica posterior. El augur del mal nunca rinde cuentas por sus errores; simplemente reformula el desastre para una fecha futura.

2. LA NARRATIVA DEL MIEDO COMO SUSTITUTO DEL ARGUMENTO

Cuando una oposición carece de propuestas claras, el miedo se convierte en su principal recurso. En lugar de explicar cómo mejorar la economía, fortalecer las instituciones o combatir la desigualdad, se recurre a mensajes alarmistas: dictadura inminente, guerra civil, colapso financiero, sanciones internacionales.

Este tipo de narrativa no busca informar, sino desestabilizar emocionalmente a la ciudadanía. El miedo paraliza, confunde y erosiona la capacidad de análisis crítico. Así, la opinión pública se transforma en un espacio de ansiedad permanente, donde cualquier decisión gubernamental es presentada como una amenaza existencial.

Paradójicamente, esta estrategia termina debilitando a quienes la emplean. Cuando el desastre no ocurre, la credibilidad del mensajero se deteriora aún más, y la ciudadanía desarrolla una creciente inmunidad frente a sus advertencias.

3. EL ERROR HISTÓRICO DE LAS PREDICCIONES OPOSITORAS

Uno de los elementos más reveladores del fenómeno es la persistencia del error. Antes de 2019 se afirmó que un gobierno de Bukele sería imposible sin apoyo legislativo; sin embargo, gobernó en condiciones adversas. Se aseguró que su proyecto político dependía exclusivamente del respaldo de Estados Unidos, ignorando que durante buena parte de su mandato gobernaron administraciones demócratas poco afines.

También se anunció el colapso económico por la adopción del bitcoin, sin considerar la complejidad del sistema financiero ni la capacidad de adaptación del Estado. La economía no colapsó; por el contrario, el país mantuvo estabilidad macroeconómica en un contexto global adverso.

El problema no es equivocarse —el error es parte del análisis—, sino negar sistemáticamente la realidad cuando contradice la narrativa.

4. OPOSICIÓN, ÉTICA Y RESPONSABILIDAD PÚBLICA

Una oposición democrática cumple una función esencial: fiscalizar, proponer, corregir. Pero cuando la oposición se convierte en una fábrica de catástrofes imaginarias, traiciona su propia razón de ser.

Desear que al país le vaya mal para ganar legitimidad política es una forma de antipatriotismo cívico. La crítica pierde valor cuando se fundamenta en el resentimiento y no en el interés general. En este sentido, los augureros del mal no solo fracasan como analistas, sino como actores éticos dentro del espacio público.

5. Medios de comunicación y amplificación del discurso apocalíptico

Los medios de comunicación juegan un papel clave en la reproducción de estas narrativas. Al ofrecer micrófonos permanentes a los mismos analistas, sin contrastar datos ni exigir rigor, contribuyen a la normalización del alarmismo.

La repetición mediática no convierte una mentira en verdad, pero sí puede convertirla en ruido permanente, afectando la calidad del debate público y debilitando la confianza ciudadana en la información.

CONCLUSIÓN

El fenómeno de los augureros y predigitadores del mal en El Salvador no es un simple problema de opinión, sino un síntoma de una crisis más profunda de la oposición política y del análisis público. La incapacidad para leer la realidad, reconocer errores y construir propuestas ha llevado a ciertos sectores a refugiarse en el miedo como último recurso.

La historia reciente demuestra que las profecías apocalípticas no solo han sido erróneas, sino contraproducentes. Lejos de debilitar al gobierno, han debilitado a quienes las emiten, erosionando su credibilidad y su capacidad de incidencia real.

Una democracia madura requiere crítica, pero también honestidad intelectual, responsabilidad ética y respeto por los hechos.

REFLEXIÓN FINAL

El Salvador no necesita profetas del desastre, sino ciudadanos críticos; no necesita predicadores del miedo, sino constructores de futuro. La política no puede reducirse a la espera ansiosa del fracaso ajeno. Cuando el análisis se desconecta de la realidad, deja de ser pensamiento y se convierte en espectáculo.

La verdadera oposición no se define por anunciar el fin del país, sino por trabajar para que ese fin nunca llegue. Y la historia, implacable y paciente, siempre termina poniendo a cada augur frente al espejo de sus propias palabras.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

1.       Bobbio, N. (1996). Derecha e izquierda. Madrid: Taurus.

2.       Chomsky, N. (2002). El control de los medios de comunicación. Barcelona: Crítica.

3.       Habermas, J. (1999). Teoría de la acción comunicativa. Madrid: Trotta.

4.       Sartori, G. (2003). Homo videns: la sociedad teledirigida. Madrid: Taurus.

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                              SAN SALVADOR, 28 DE DICIEMBRE DE 2025

 

lunes, 22 de diciembre de 2025

 

QUE NAZCA EL VERDADERO NIÑO QUE HEMOS OLVIDADO.

POR: MSc. JOSÈ ISRAEL VENTURA.

La Navidad nos recuerda algo que hemos ido olvidando con el paso de los años: que el mundo podría ser distinto si miráramos la vida con la inocencia, la ternura y la libertad con que miran los niños. Para ellos no existen las barreras que los adultos levantamos: no ven clases sociales, no distinguen entre pobres y ricos, no preguntan quién tiene más o menos. Ellos simplemente comparten, juegan, se abrazan, se reconocen como iguales. En esa pureza hay una verdad profunda que la humanidad ha ido perdiendo.

Si el mundo estuviera gobernado por el corazón de los niños, sería un paraíso, porque su conciencia aún no ha sido domesticada por el egoísmo, ni su dignidad erosionada por la ambición. Por eso la Navidad no debería ser solo una fiesta para los pequeños, sino un llamado urgente para los adultos: un tiempo para detenernos, reflexionar y permitir que nazca de nuevo ese niño que llevamos dentro y que hemos silenciado creyendo que la felicidad está en el dinero, en el poder o en la acumulación de cosas.

Nos hemos cosificado, hemos endurecido el corazón y, en ese proceso, nos hemos deshumanizado. Muchos reducen la vida a consumir, a satisfacer deseos inmediatos, a llenar vacíos con ruido, excesos y distracciones. Incluso la Navidad, que debería ser un tiempo sagrado, a veces se convierte en un simple pretexto para el desenfreno, olvidando su sentido más profundo.

El nacimiento del Niño Jesús es una invitación permanente a volver a lo esencial: al amor, a la compasión, a la fraternidad. No se trata de celebrarlo solo una noche al año, sino de permitir que viva en nosotros todos los días, en cada gesto, en cada palabra, en cada decisión. Su mensaje, pronunciado hace más de dos mil años, sigue siendo el más revolucionario y necesario: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado.”

Que esta Navidad no sea solo luces y regalos, sino un renacer interior. Que nazca verdaderamente Dios en cada uno de nuestros corazones, y que ese nacimiento se traduzca en un mundo más humano, más justo y más fraterno. Porque cuando el amor vuelve a nacer en nosotros, la Navidad deja de ser una fecha y se convierte en una forma de vivir.

 

SAN SALVADOR, 22 DE DICIEMBRE DE 2025

 

 

 

martes, 16 de diciembre de 2025

 


             PARTIDOS ZOMBIS: LA OPOSICIÓN QUE ESTORBA AL PAÍS

POR: MSc. JOSÉ ISRAEL VENTURA.

En El Salvador se ha instalado una verdad incómoda que los partidos políticos tradicionales se niegan a aceptar: el país ya no los necesita. No porque la democracia no requiera oposición, sino porque la oposición que hoy representan es inútil, obsoleta y profundamente nociva para el desarrollo nacional.

Existe un sentimiento ciudadano casi unánime de que los partidos corporativos tradicionales —incluyendo a VAMOS— deberían desaparecer del escenario electoral en 2027. Y no se trata de una consigna autoritaria ni de intolerancia política, sino de una reacción racional ante décadas de fracaso, simulación y mediocridad.

 Estos partidos ya no aportan absolutamente nada al país; ni ideas, ni proyectos, ni liderazgos, ni visión de futuro. Su existencia se reduce a estorbar.

La oposición es necesaria cuando fiscaliza con inteligencia, cuando propone alternativas viables y cuando representa intereses reales de la población. Pero cuando la oposición se convierte en un simple coro de negación, resentimiento y nostalgia ideológica, deja de ser un contrapeso democrático y se transforma en un parásito político.

Lo más grave es que estos partidos no solo fracasaron cuando gobernaron, sino que siguen fracasando ahora que no gobiernan. Incapaces de leer la realidad social, continúan operando con los mismos esquemas mentales de los años ochenta, como si el país no hubiera cambiado, como si la ciudadanía siguiera creyendo en consignas vacías y discursos reciclados.

El problema no es únicamente ideológico; es generacional, intelectual y ético. Estos partidos se han dedicado a reciclar liderazgos agotados, verdaderos fósiles políticos que ya no representan a nadie. Son figuras que han pasado por cargos, partidos y coyunturas sin dejar más huella que el desgaste institucional. Cadáveres políticos sacados del congelador, momias ideológicas que insisten en hablarle a un país que ya no existe.

Mientras tanto, bloquean sistemáticamente la emergencia de nuevos liderazgos. No forman cuadros, no promueven pensamiento crítico, no abren espacios a jóvenes con ideas frescas. Prefieren atrincherarse en sus cúpulas, defendiendo cuotas de poder inexistentes y privilegios simbólicos que solo viven en su imaginación.

A esto se suma una hipocresía moral difícil de digerir. Se autoproclaman defensores de la democracia, la institucionalidad y el pueblo, cuando su historial está marcado por corrupción, incompetencia y abandono social. Tuvieron el poder durante años y no resolvieron los problemas estructurales del país. Hoy, sin autoridad ética ni legitimidad popular, pretenden erigirse en jueces del presente.

La ciudadanía ya no vota por etiquetas ideológicas. Vota por resultados. Vota por gestión. Vota por impacto real en su vida cotidiana. Y frente a ese nuevo criterio ciudadano, los partidos tradicionales están completamente desnudos. No tienen nada que mostrar, nada que ofrecer y nada que proponer.

Por eso, su posible desaparición electoral no debe interpretarse como una amenaza a la democracia. Al contrario: es una expresión de la democracia misma. En política, como en la historia, quien no se renueva, desaparece. Nadie los está proscribiendo; simplemente están siendo abandonados por el pueblo.

El país no necesita una oposición ruidosa, visceral y mediocre. Necesita una oposición inteligente, ética y moderna. Y si los partidos tradicionales no son capaces de encarnar ese papel, entonces deben hacerse a un lado y permitir que surjan nuevas fuerzas políticas acordes al siglo XXI.

La historia no tiene piedad con quienes se niegan a cambiar. Y El Salvador ya decidió avanzar. Los partidos zombis pueden seguir caminando… pero cada vez más lejos de la voluntad popular.

 

 

 

SAN SALVADOR, 16 DE DICIEMBRE DE 2025

  



EL PUEBLO NO ES IGNORANTE: LA DERROTA MORAL DE UNA IZQUIERDA SIN AUTOCRÍTICA

POR: MSc. JOSÉ ISRAEL VENTURA.

INTRODUCCIÓN

El recién pasado proceso electoral en Chile ha dejado al descubierto una de las mayores debilidades de una parte significativa de la izquierda latinoamericana contemporánea: su incapacidad para aceptar la voluntad popular sin despreciarla. Ante el triunfo del candidato Kast, algunas voces de la izquierda no tardaron en emitir un juicio automático y profundamente arrogante: “En Chile ganó la ignorancia”. La afirmación, lejos de ser un análisis político serio, constituye un acto de desprecio hacia millones de ciudadanos que ejercieron su derecho democrático al voto.

Según esta lógica peligrosa, si gana la izquierda, triunfan la inteligencia, la sabiduría y la conciencia social; pero si pierde, entonces gana la ignorancia, el atraso y la manipulación. Esta forma de razonar no solo es antidemocrática, sino también profundamente elitista, pues coloca a un sector político como poseedor exclusivo de la razón, la moral y la inteligencia, mientras reduce al pueblo a una masa incapaz de pensar por sí misma.

Así no se hace política. Así se destruye la política.

Hablar de democracia implica aceptar un principio elemental: el pueblo no es ignorante por votar distinto a mis preferencias ideológicas. El voto no es un examen académico, ni una prueba de coeficiente intelectual; es una expresión de expectativas, decepciones, miedos, esperanzas y evaluaciones concretas de la realidad. Cuando una fuerza política pierde elecciones y responde insultando al electorado, lo único que demuestra es su fracaso ético e intelectual.

EL DESPRECIO AL ADVERSARIO Y LA DESCALIFICACIÓN DEL PUEBLO

Descalificar al contrincante político es una práctica vieja, pero descalificar al pueblo es algo mucho más grave. Cuando la izquierda afirma que “ganó la ignorancia”, no está criticando únicamente a Kast o a su proyecto, sino que está ofendiendo directamente a millones de chilenos que votaron por él. Les está diciendo, en esencia: “Ustedes no saben lo que hacen, nosotros sí”.

Este discurso revela una profunda contradicción histórica. Durante décadas, la izquierda se presentó como la voz de los excluidos, de los pobres, de los trabajadores, de los marginados. Sin embargo, hoy pareciera que solo reconoce al pueblo cuando este vota “correctamente”. Cuando no lo hace, deja de ser pueblo consciente y se convierte en “ignorante”, “manipulado” o “engañado”.

Esta actitud no es nueva, pero sí cada vez más evidente. Se trata de una izquierda que habla en nombre del pueblo, pero no escucha al pueblo. Una izquierda que predica emancipación, pero practica desprecio. Una izquierda que se autoproclama moralmente superior, mientras es incapaz de hacer una autocrítica honesta sobre sus propios fracasos.

DE LA ESPERANZA AL DESENCANTO: UNA EXPERIENCIA PERSONAL Y GENERACIONAL

No hablo desde la hostilidad automática ni desde el odio ideológico. Al contrario. Desde mis primeros años de universidad simpaticé con la izquierda, porque consideré —y sigo considerando— que muchos de los ideales que defendía eran justos: la lucha contra la desigualdad, la defensa de los derechos sociales, la crítica al abuso del poder económico, la búsqueda de mayor equidad.

Como muchos jóvenes universitarios de mi generación, vi en la izquierda una alternativa ética frente a sistemas injustos. Creí en el proyecto. Lo defendí intelectualmente. Lo asumí como una posibilidad real de transformación social.

Sin embargo, con el paso de los años, la experiencia, la observación crítica y la realidad concreta fueron desmontando ese ideal. No porque los principios fueran incorrectos, sino porque muchos de quienes los enarbolaron los traicionaron. En lugar de construir proyectos sólidos, se conformaron con discursos vacíos. En lugar de servir al pueblo, se sirvieron de él. En lugar de formar cuadros políticos con pensamiento crítico, promovieron el dogmatismo y la obediencia ciega.

Hoy, gran parte de la izquierda latinoamericana no pierde elecciones por culpa de campañas mediáticas, ni por conspiraciones externas, sino porque ha perdido credibilidad. Y la credibilidad no se pierde por casualidad; se pierde por incoherencia, por corrupción, por incapacidad y por soberbia.

EL VERDADERO PROBLEMA: LA AUSENCIA DE AUTOCRÍTICA

Cada derrota electoral debería ser una oportunidad para reflexionar, corregir y madurar políticamente. Pero la reacción habitual de ciertos sectores de izquierda es exactamente la contraria: culpar al pueblo, al sistema, a los medios, a la ignorancia ajena, menos a sus propios errores.

No se preguntan por qué la gente ya no cree en sus promesas.

No se preguntan por qué sus discursos ya no movilizan.

No se preguntan por qué los jóvenes se sienten distantes de sus consignas.

No se preguntan por qué, cuando gobernaron, no transformaron la realidad como prometieron.

La falta de autocrítica es el síntoma más claro de una crisis profunda. Una izquierda que no se revisa, que no se cuestiona, que no aprende de sus errores, está condenada a repetir sus derrotas, y lo que es peor, a radicalizar su desprecio hacia la ciudadanía.

La democracia no consiste en ganar siempre; consiste en saber perder con dignidad y entender por qué se perdió.

CONCLUSIÓN

Decir que “ganó la ignorancia” cuando se pierde una elección es una forma elegante —y cobarde— de no asumir responsabilidades. Es más fácil insultar al electorado que reconocer que el proyecto político ya no convence. Es más cómodo sentirse moralmente superior que reconstruir una propuesta creíble.

La izquierda no está perdiendo elecciones porque el pueblo sea ignorante; está perdiendo porque ha dejado de hablarle al pueblo con honestidad, porque ha sustituido el proyecto por el dogma, la autocrítica por la soberbia y la ética por la conveniencia.

Mientras siga despreciando a quienes no votan por ella, seguirá alejándose de la mayoría social. Porque ningún proyecto político puede sostenerse contra el pueblo, ni mucho menos insultándolo.

REFLEXIÓN FINAL

La democracia exige humildad. Exige reconocer que nadie es dueño absoluto de la verdad, y que el pueblo —con todas sus contradicciones— tiene derecho a decidir sin ser insultado por ello. La inteligencia no pertenece a una ideología, ni la sabiduría es patrimonio exclusivo de un partido político.

Si la izquierda quiere volver a ser una alternativa real, debe comenzar por algo elemental: respetar al pueblo incluso cuando este no la elige. Escuchar antes de juzgar. Analizar antes de insultar. Proponer antes de condenar.

De lo contrario, seguirá hablando sola, convencida de su superioridad moral, mientras la realidad —una y otra vez— le recuerda que la política no se construye desde el desprecio, sino desde la comprensión profunda de la sociedad. Y esa lección, por dura que sea, aún está a tiempo de aprenderla.

 


                                          SAN SALVADOR, 16 DE DICIEMBRE DE 2025