“CUANDO LA OPOSICIÓN OLVIDA QUE TAMBIÉN FUE GOBIERNO”
POR: MSc. JOSÉ ISRAEL VENTURA.
En la política salvadoreña ocurre un fenómeno que resulta
difícil de ignorar para cualquier ciudadano que observe con atención el debate
público. Cuando se escucha a muchos voceros de los partidos tradicionales,
especialmente de ARENA y del FMLN, pareciera que nunca hubieran gobernado el
país. Hablan con la autoridad moral de quienes nunca han ejercido el poder,
como si su trayectoria política hubiera transcurrido siempre desde la oposición
o desde una posición ética incuestionable. En sus discursos aparecen
constantemente palabras como transparencia, rendición de cuentas, ética pública
y moral política, pero dichas expresiones contrastan profundamente con el
recuerdo que gran parte del pueblo salvadoreño tiene de los años en que estos
mismos partidos dirigieron el Estado.
El problema no radica en que un partido político critique
al gobierno de turno. En toda democracia sana, la crítica es necesaria y la
oposición cumple un papel fundamental para vigilar al poder. Sin embargo,
cuando esa crítica se formula desde una memoria selectiva que pretende borrar
el pasado, la discusión pública pierde seriedad y se convierte en un ejercicio
de cinismo político. El ciudadano común no puede evitar preguntarse: ¿Con qué
autoridad moral se habla hoy de transparencia cuando durante décadas se
administró el Estado en medio de múltiples escándalos de corrupción?
Durante los veinte años en que ARENA gobernó El Salvador
(1989-2009), el país presenció una serie de denuncias, investigaciones y
procesos judiciales que evidenciaron un manejo cuestionable de los recursos
públicos. Diversos informes y acusaciones señalaron desfalcos millonarios que,
según múltiples análisis, sumaron cantidades que superan los 37 mil millones de
dólares en distintos mecanismos de corrupción, privatizaciones cuestionadas y
mal manejo de fondos públicos. En ese período se consolidó una cultura política
donde el poder estatal se convirtió, para muchos funcionarios, en una
oportunidad de enriquecimiento personal y de fortalecimiento de redes de poder
económico y político.
No obstante, la historia no terminó ahí. Cuando el FMLN
llegó al gobierno en 2009, gran parte de la población esperaba una
transformación ética en la conducción del Estado. El discurso histórico del
partido estaba basado precisamente en la denuncia de la corrupción de los
gobiernos anteriores.
Sin embargo, con el paso de los años comenzaron a surgir
nuevos escándalos que involucraron a figuras importantes del propio partido.
Las investigaciones sobre Mauricio Funes, por ejemplo, revelaron el uso
irregular de cientos de millones de dólares de fondos públicos. A ello se
sumaron otras acusaciones relacionadas con funcionarios de alto nivel y proyectos
estatales cuestionados.
Las cifras mencionadas por distintos analistas y procesos
judiciales —351 millones asociados a Funes, 289 millones vinculados a Sánchez
Cerén, 600 millones en el caso de Sigfrido Reyes, además de múltiples
irregularidades en proyectos como Las Pavas, el Hospital Rosales o el ISSS—
reflejan un problema estructural que trasciende a un solo partido. Lo que
aparece ante los ojos del ciudadano no es simplemente una cadena de casos
aislados, sino la evidencia de una cultura política profundamente marcada por
el abuso del poder y la falta de controles efectivos.
En este contexto, el discurso actual de ciertos sectores
de la oposición produce una reacción comprensible en buena parte de la
población. Cuando los mismos actores políticos que gobernaron durante décadas
hablan ahora como si fueran guardianes de la ética pública, el contraste con la
memoria histórica genera desconfianza. La política pierde credibilidad cuando
quienes ayer fueron protagonistas del poder hoy intentan presentarse como si
hubieran sido simples espectadores de los problemas del país.
Sin embargo, una reflexión crítica más profunda exige
reconocer que la corrupción no es solamente un problema de individuos o de
partidos específicos. En realidad, es el resultado de estructuras
institucionales débiles, cultura política permisiva y ausencia histórica de
mecanismos eficaces de control ciudadano. Durante décadas, el sistema político
salvadoreño permitió que el acceso al poder se confundiera con el acceso a
privilegios, contratos, favores y recursos públicos.
Por ello, el verdadero desafío para el país no consiste
únicamente en señalar los errores del pasado, sino en construir una cultura
política distinta, donde el poder público sea entendido como un servicio y no
como una oportunidad de enriquecimiento. Esto implica fortalecer instituciones,
garantizar transparencia real, promover una ciudadanía crítica y establecer
mecanismos de control que trasciendan los ciclos electorales.
El pueblo salvadoreño ha aprendido, muchas veces a través
de experiencias dolorosas, que la corrupción no distingue ideologías. Puede
presentarse bajo discursos de derecha o de izquierda, bajo banderas
revolucionarias o bajo promesas de modernización. Cuando el poder se separa de
la ética, cualquier proyecto político corre el riesgo de degenerar en abuso.
Por esa razón, la discusión actual no debería centrarse
únicamente en quién acusa a quién, sino en cómo evitar que el país vuelva a
repetir los mismos errores históricos. La memoria política es una herramienta
fundamental para la democracia. Un pueblo que olvida su historia corre el
riesgo de que los mismos actores regresen con discursos renovados, pero con las
mismas prácticas.
En última instancia, la credibilidad de cualquier
oposición política no se construye únicamente con discursos o denuncias, sino
con coherencia histórica y autocrítica sincera. Si los partidos tradicionales
desean recuperar la confianza del pueblo, deberán reconocer con honestidad los
errores cometidos durante sus gobiernos. Solo así podrán participar en el
debate nacional con la legitimidad que exige una democracia madura.
El Salvador se encuentra en un momento histórico en el
que la ciudadanía exige algo más que promesas. La sociedad demanda honestidad,
responsabilidad y memoria política. Porque cuando el pasado se oculta o se
niega, la política se convierte en un escenario de discursos vacíos. Pero
cuando la historia se reconoce y se aprende de ella, entonces se abre la
posibilidad de construir un país más justo y transparente.
SAN SALVADOR, 10 DE MARZO DE 2026
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