sábado, 26 de septiembre de 2026

 


ENSAYO CRÍTICO LA CIENCIA SECUESTRADA: PROGRESO ILIMITADO EN UN MUNDO MORALMENTE ENFERMO

POR: MSC. JOSE ISRAEL VENTURA

INTRODUCCIÓN

 

La humanidad ha creado muchas instituciones para comprender y organizar la vida: la religión, el Estado, el mercado, la escuela, la familia. Sin embargo, ninguna ha transformado el mundo con tanta fuerza como la ciencia. En apenas unos pocos siglos de existencia formal, la ciencia ha cambiado radicalmente la manera de producir, de curar, de comunicarnos, de viajar, de conocer el universo y de conocernos a nosotros mismos. Gracias a ella la esperanza de vida aumentó, innumerables enfermedades dejaron de ser una condena segura, la producción de alimentos se multiplicó y hoy es posible comunicarse en segundos con cualquier región del planeta.

Pero sobre este éxito inmenso se proyecta una sombra escandalosa: millones de personas siguen muriendo por causas evitables, el hambre continúa destruyendo vidas en un planeta que produce alimentos de sobra, la tecnología se concentra en manos de minorías privilegiadas y la riqueza mundial se acumula en un reducido grupo de multimillonarios mientras la mayoría vive en precariedad. La ciencia, que nació con la promesa de aliviar el sufrimiento humano, se desarrolla dentro de un sistema económico y político que termina usando buena parte de sus frutos para fines de lucro, poder y dominio.

Esta es la paradoja que guía el presente ensayo: nunca tuvimos tanta ciencia, pero tampoco habíamos tenido tanta desigualdad en un mundo con tanta abundancia. La ciencia, como institución cognitiva, no ha fracasado; lo que ha fracasado es la forma en que la sociedad organiza, controla y distribuye sus resultados. El problema no está en el laboratorio, sino en el modelo civilizatorio que decide quién se beneficia y quién queda excluido.

CAPÍTULO 2. ABUNDANCIA Y HAMBRE: EL CRIMEN MORAL DEL SIGLO XXI

La agricultura científica y la llamada “revolución verde” multiplicaron la producción de alimentos. Hoy el planeta produce más comida de la que necesitaría para alimentar a todos sus habitantes. Distintos informes señalan que se produce lo suficiente para cubrir sobradamente las necesidades de la población mundial. Sin embargo, millones de personas siguen padeciendo hambre crónica y desnutrición.

El hambre no es, por tanto, un problema técnico sino político. Los alimentos se producen bajo la lógica de la ganancia, no bajo la lógica de la necesidad humana. Grandes corporaciones controlan cadenas completas de producción, transporte y comercialización; deciden qué se cultiva, en qué cantidades, dónde se vende y a qué precio. Al mismo tiempo, enormes volúmenes de comida se desperdician o se destruyen para mantener precios altos en los mercados internacionales.

De esta forma, el hambre se convierte en una especie de crimen invisible: mueren personas no porque no exista alimento, sino porque el sistema decide que su vida vale menos que la ganancia que se obtiene especulando con la comida. La ciencia hizo su parte al desarrollar tecnologías para producir más y mejor; lo que falla es la estructura económica que impide que esa abundancia llegue hasta quienes más la necesitan.

CAPÍTULO 3. MEDICINA PARA POCOS, MUERTE PARA MUCHOS

La medicina es uno de los campos donde la ciencia ha mostrado con mayor claridad su potencial humanista. Vacunas, antibióticos, cirugías complejas, terapias intensivas y fármacos de nueva generación han salvado millones de vidas. Enfermedades que antes diezmaron poblaciones enteras hoy pueden prevenirse o tratarse con relativa facilidad.

Sin embargo, la existencia de medicamentos eficaces no significa que todas las personas puedan acceder a ellos. La industria farmacéutica se mueve en gran medida por la lógica del lucro. Las patentes, los monopolios y la fijación de precios convierten los medicamentos en mercancías de alto valor. Muchos tratamientos resultan prohibitivos para las mayorías pobres del planeta, y en los países empobrecidos mueren miles de niños y adultos por enfermedades que podrían curarse con medicinas de bajísimo costo.

Así, el derecho a la salud se transforma en privilegio. La ciencia descubrió la cura, pero el mercado decide quién merece recibirla y quién no. No se trata de un fallo accidental, sino de una estructura que prioriza la rentabilidad por encima de la vida. Cuando un adulto mayor o un niño muere porque no pudo pagar una medicina esencial, estamos ante una derrota ética de toda la civilización.

CAPÍTULO 4. TECNOLOGÍA Y NUEVAS FORMAS E EXCLUSI

Las tecnologías de la información y la comunicación, junto con la inteligencia artificial y la automatización, son otra expresión del enorme poder de la ciencia. Nunca fue tan fácil transmitir datos, compartir conocimientos, aprender a distancia o producir contenidos. Sin embargo, también en este terreno el acceso está distribuido de manera muy desigual.

La llamada brecha digital separa a quienes tienen conexión rápida, dispositivos modernos y competencias tecnológicas, de quienes apenas acceden a un teléfono básico o no tienen electricidad estable. El mundo se divide en sujetos hiperconectados que participan de la economía del conocimiento y grandes grupos humanos reducidos a consumidores pasivos o directamente excluidos del espacio digital.

En teoría, internet y las nuevas tecnologías podrían democratizar la cultura y el saber. En la práctica, las grandes plataformas concentran poder económico e informativo, y millones de personas siguen atrapadas en sistemas educativos pobres, con escasos recursos tecnológicos y sin oportunidades reales de aprovechar las herramientas creadas por la ciencia.

CAPÍTULO 5. EL SECUESTRO CORPORATIVO DEL CONOCIMIENTO

El conocimiento científico, que debería ser un patrimonio de la humanidad, se encuentra cada vez más privatizado. Las patentes sobre medicamentos, semillas, procesos industriales, algoritmos y dispositivos tecnológicos son utilizadas por grandes corporaciones para controlar mercados completos y para imponer condiciones a países y pueblos enteros. Lo que nació como esfuerzo colectivo de investigación termina guardado tras murallas legales y económicas.

Esta privatización del saber configura una nueva forma de dominio. Quien controla el conocimiento, controla la producción, la salud, la alimentación, la comunicación y hasta la forma en que las personas piensan y se relacionan. La ciencia se vuelve así un campo estratégico de disputa donde los intereses corporativos pesan más que las necesidades de la mayoría.

Hablar de “ciencia secuestrada” significa precisamente esto: una institución que podría estar al servicio de la vida, la justicia y la igualdad, termina subordinada a agendas de poder que la usan para ampliar ventajas, acumular riqueza y consolidar jerarquías.

CAPÍTULO 6. EL 1 % CONTRA LA ESPECIE HUMANA

La concentración extrema de la riqueza es otro de los grandes escándalos de nuestro tiempo. Diversos informes muestran que una pequeña élite acumula una porción gigantesca de los recursos económicos del planeta, mientras miles de millones de personas viven con ingresos muy bajos y sin protección social. Esta desigualdad no es un simple “desequilibrio”, sino una estructura profunda que organiza la vida social.

La ciencia y la tecnología participan en este proceso porque los sectores que controlan capital financiero son los mismos que controlan buena parte de la investigación aplicada, la industria militar, las telecomunicaciones y la economía digital. La combinación de ciencia, tecnología y capital sin regulación democrática genera un poder difícil de cuestionar y de limitar.

En este contexto, los avances científicos dejan de percibirse como conquistas compartidas de la humanidad y se experimentan como nuevas fuentes de inseguridad para quienes temen perder su empleo, su pequeña economía o su identidad cultural frente a una modernización que no los toma en cuenta.

CONCLUSIÓN GENERAL

La ciencia es, probablemente, la creación intelectual más poderosa de la historia humana. Ha ampliado el horizonte de lo posible y ha demostrado que el ser humano es capaz de comprender y transformar su entorno con una profundidad antes impensable. Sin embargo, el modelo civilizatorio vigente no ha estado a la altura de ese poder. El problema no reside en los descubrimientos científicos, sino en el uso social que se hace de ellos.

El hambre en un mundo de abundancia, la muerte por enfermedades curables, la desigualdad en el acceso a la tecnología y la concentración del conocimiento en pocas manos revelan que la ciencia está siendo instrumentalizada por un sistema económico que privilegia la acumulación sobre la dignidad humana. La ciencia, en sí misma, no tiene corazón; pero puede ponerse al servicio de un proyecto histórico ético, solidario y verdaderamente humano.

REFLEXIÓN FINAL

El desafío de nuestro tiempo no consiste en frenar la ciencia, sino en liberarla. Liberarla del secuestro corporativo, de la lógica del lucro absoluto, de la mercantilización de la vida y del dominio de una minoría que se beneficia desproporcionadamente del esfuerzo colectivo de investigadores, técnicos y pueblos enteros. La humanidad necesita recuperar la conducción ética del conocimiento que produce.

El futuro será más humano en la medida en que la ciencia se oriente a garantizar derechos, reducir sufrimientos evitables y ampliar la libertad real de las personas. De lo contrario, corremos el riesgo de vivir en un planeta tecnológicamente brillante pero moralmente oscuro, donde la desigualdad, el descarte y la violencia estructural sean el precio que paguemos por un progreso mal entendido.

La tarea está planteada: re-humanizar la ciencia, democratizar sus frutos y hacer de ella una herramienta al servicio de la vida y no de la ganancia. Solo así el progreso dejará de ser un privilegio para convertirse en una posibilidad verdaderamente compartida.


sábado, 27 de junio de 2026

 

CUANDO LA HUMANIDAD ESTÁ POR ENCIMA DE LA IDEOLOGÍA

POR: MSc. JOSÉ ISRAEL VENTURA.

Hay acontecimientos que trascienden la política. Hay momentos en los que los colores partidarios, las diferencias ideológicas y los conflictos diplomáticos pierden toda importancia frente al sufrimiento de miles de seres humanos.

Cuando la tierra tiembla, cuando una ciudad queda reducida a escombros y cuando una familia pierde todo en cuestión de segundos, ya no existen gobiernos de izquierda o de derecha, oficialistas u opositores. Solo existen personas que necesitan ayuda.

Es precisamente en esos momentos cuando se revela la verdadera grandeza de un líder.

La historia suele recordar las guerras, los conflictos y las confrontaciones entre las naciones. Sin embargo, también conserva con gratitud aquellos instantes en que un país decidió extender la mano a otro sin pedir nada a cambio.

Esos gestos silenciosos hablan más fuerte que cualquier discurso pronunciado desde una tribuna política.

Muchos consideran que la decisión del presidente Nayib Bukele de enviar ayuda humanitaria al pueblo venezolano, tras una tragedia provocada por la naturaleza, constituye un ejemplo de que la solidaridad puede situarse por encima de las diferencias políticas. Independientemente de las posiciones que existan respecto al gobierno venezolano, la ayuda estuvo dirigida a personas que sufrían, a familias que necesitaban esperanza y a ciudadanos cuya prioridad era sobrevivir.

ESA DIFERENCIA ES FUNDAMENTAL.

·         No se ayuda a una ideología. Se ayuda a un ser humano.

·         No se envían medicinas para favorecer una corriente política. Se envían porque un niño enfermo las necesita.

·         No se envían alimentos para respaldar a un gobierno. Se envían porque existen familias que llevan días sin comer. Cuando comprendemos esa diferencia, descubrimos el verdadero significado del humanismo.

Vivimos en un tiempo donde resulta demasiado fácil odiar desde las redes sociales, insultar desde el anonimato o convertir cualquier tragedia en un debate político. En ocasiones parece que la sensibilidad humana ha quedado atrapada entre intereses partidarios, cálculos electorales y campañas de desinformación. Sin embargo, aún existen acciones que nos recuerdan que la política también puede servir para construir puentes en lugar de levantar muros.

El liderazgo auténtico no consiste únicamente en administrar recursos o dirigir instituciones. También implica la capacidad de sentir el dolor ajeno como si fuera propio. Un gobernante que comprende el valor de la solidaridad entiende que ninguna frontera puede impedir el deber moral de auxiliar a quien atraviesa una catástrofe.

·         Los terremotos no preguntan por la ideología de sus víctimas.

·         Las inundaciones no distinguen entre simpatizantes y adversarios.

·         El hambre no conoce partidos políticos.

·         El dolor tampoco.

Quizá por eso los actos de ayuda humanitaria poseen un valor tan profundo. Nos recuerdan que antes de ser ciudadanos de un país somos miembros de una misma familia humana. Compartimos el mismo planeta, las mismas fragilidades y la posibilidad de necesitar algún día la solidaridad de otros.

El Salvador conoce muy bien el rostro de las tragedias naturales. Nuestro pueblo ha sufrido terremotos, huracanes, inundaciones y pérdidas humanas que dejaron cicatrices imborrables. Sabemos lo que significa esperar la llegada de una brigada de rescate, recibir alimentos cuando todo se ha perdido o encontrar esperanza gracias a la solidaridad de otras naciones.

Precisamente por haber vivido ese dolor, muchos salvadoreños comprenden el inmenso valor de tender la mano cuando otro pueblo atraviesa circunstancias similares.

La solidaridad tiene un efecto que va mucho más allá de la ayuda material. También restaura la esperanza. Cuando una familia descubre que personas de otros países se preocupan por su bienestar, entiende que no está sola. Y esa certeza puede convertirse en la fuerza necesaria para comenzar de nuevo.

Los grandes líderes no se distinguen únicamente por las decisiones que toman cuando todo marcha bien. Se distinguen, sobre todo, por la forma en que responden ante el sufrimiento humano. Son esos momentos los que ponen a prueba sus valores, su sensibilidad y su capacidad de actuar guiados por principios antes que por conveniencias.

La verdadera autoridad moral nace cuando el poder se pone al servicio de la vida.

La verdadera grandeza aparece cuando la compasión vence al cálculo político.

Y el verdadero humanismo florece cuando un país comprende que el dolor de otro pueblo también merece una respuesta solidaria.

Más allá de las simpatías o diferencias políticas que cada persona pueda tener, vale la pena recordar una verdad que atraviesa toda la historia de la humanidad: las ideologías cambian, los gobiernos pasan y las disputas terminan. Lo que permanece en la memoria colectiva son aquellos gestos que devolvieron esperanza cuando parecía que todo estaba perdido.

Las futuras generaciones difícilmente recordarán cada discurso pronunciado en tiempos de confrontación. Pero sí recordarán los actos de solidaridad que ayudaron a salvar vidas. Porque las palabras emocionan por un momento; las acciones transforman la historia.

Quizá esa sea una de las lecciones más profundas que podemos extraer de este episodio: el auténtico liderazgo no consiste en demostrar quién tiene la razón, sino en demostrar que la dignidad humana siempre debe ocupar el primer lugar.

Cuando un gobernante es capaz de mirar más allá de las diferencias políticas para responder al sufrimiento de otro pueblo, envía un mensaje que trasciende las fronteras: la humanidad sigue siendo el valor más importante.

Y mientras existan líderes, instituciones y ciudadanos dispuestos a extender la mano al que sufre, siempre habrá razones para creer que un mundo más solidario sigue siendo posible.

Porque, al final, la historia no juzga únicamente cuánto poder tuvo un gobernante, sino cuánto bien fue capaz de hacer con ese poder. Esa es la medida más alta del liderazgo: servir a las personas y recordar que la compasión, cuando se convierte en acción, puede inspirar a toda una nación.

SAN SALVADOR, 27 DE JUNIO DE 2026

jueves, 19 de marzo de 2026



                   EL DOBLE RASERO EN LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS:

                                      AUTOR: MSc. JOSÉ ISRAEL VENTURA

INTRODUCCIÓN

Hablar de derechos humanos en el siglo XXI debería ser hablar de un consenso universal, de principios éticos que trascienden ideologías, fronteras y coyunturas políticas. Sin embargo, la realidad muestra una contradicción profunda: los derechos humanos, lejos de ser un instrumento imparcial de justicia, con frecuencia se convierten en un discurso selectivo, instrumentalizado según intereses políticos, económicos o geoestratégicos.

El caso de El Salvador resulta paradigmático para analizar esta problemática. En un país históricamente marcado por la desigualdad, la violencia estructural y la corrupción política, la defensa de los derechos humanos ha transitado por escenarios complejos, donde no siempre ha primado la coherencia ética. Durante décadas, amplios sectores de la población vivieron bajo condiciones de inseguridad extrema, donde el derecho más básico —el derecho a la vida— era sistemáticamente vulnerado por estructuras criminales.

En este contexto, surge una interrogante fundamental:

¿Por qué ciertos actores internacionales y locales reaccionan con intensidad frente a algunas violaciones de derechos humanos, mientras guardan silencio —o muestran tibieza— ante otras igualmente graves o incluso más devastadoras?

Este fenómeno, conocido como el “doble rasero”, revela una crisis profunda en la legitimidad del discurso de los derechos humanos. Cuando la defensa de estos principios se vuelve selectiva, deja de ser ética y se convierte en política; deja de ser universal y se vuelve utilitaria.

El presente ensayo tiene como objetivo analizar críticamente este doble estándar, tomando como referencia la experiencia salvadoreña reciente. Se busca evidenciar las contradicciones, desmontar los discursos selectivos y reflexionar sobre la necesidad urgente de una defensa coherente, integral y verdaderamente humana de los derechos fundamentales.

I. LOS DERECHOS HUMANOS: ENTRE PRINCIPIO UNIVERSAL Y USO POLÍTICO

Los derechos humanos nacen como una aspiración universal, especialmente tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Documentos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) establecen principios fundamentales: dignidad, igualdad, libertad y justicia.

Sin embargo, en la práctica, estos principios han sido frecuentemente reinterpretados según conveniencias políticas. Como señala Donnelly (2013), los derechos humanos no siempre operan como normas neutrales, sino que pueden convertirse en herramientas de poder dentro del sistema internacional.

En este sentido, el problema no radica en los derechos humanos como tal, sino en su instrumentalización. Cuando los actores —sean gobiernos, ONG o instituciones internacionales— aplican estos principios de manera selectiva, se erosiona su legitimidad.

II. EL CONTEXTO SALVADOREÑO: ENTRE VIOLENCIA Y AUSENCIA DE ESTADO

Durante más de tres décadas, El Salvador enfrentó una crisis profunda de seguridad. Las pandillas no solo controlaban territorios, sino que imponían un régimen paralelo basado en el miedo, la extorsión y la violencia.

Miles de salvadoreños vivieron bajo una realidad donde

· El derecho a la vida estaba en permanente amenaza.

· El derecho a la libre movilidad era inexistente.

· El derecho al trabajo estaba condicionado por estructuras criminales.

En este contexto, cabe preguntarse:

· ¿Dónde estaban muchas de las voces que hoy se presentan como defensoras de derechos humanos?

· La omisión también es una forma de violación. Ignorar el sufrimiento de las víctimas es, en sí mismo, una forma de injusticia.

III. EL DOBLE RASERO: CUANDO LA INDIGNACIÓN ES SELECTIVA

El doble rasero se manifiesta cuando:

· Se condena enérgicamente una política estatal, pero se minimiza la violencia criminal.

· Se enfatizan derechos de los victimarios, pero se invisibilizan los de las víctimas.

· Se construyen narrativas que ignoran el contexto histórico y social.

Esta selectividad genera una percepción de injusticia en la población. No se trata de negar posibles excesos del Estado, sino de exigir coherencia.

Como afirma Ignatieff (2001), los derechos humanos pierden fuerza cuando se perciben como instrumentos de agendas particulares en lugar de principios universales.

IV. DERECHOS HUMANOS Y SEGURIDAD: UNA TENSIÓN NECESARIA

Uno de los debates más complejos es la relación entre seguridad y derechos humanos. En contextos de alta violencia, los Estados enfrentan el desafío de garantizar el orden sin vulnerar libertades fundamentales.

Sin embargo, este debate no puede simplificarse en términos absolutos. La verdadera pregunta es:

¿Puede existir libertad sin seguridad?

Un ciudadano que vive bajo amenaza constante difícilmente puede ejercer sus derechos. La seguridad no es enemiga de los derechos humanos; es condición para su ejercicio.

V. LA NARRATIVA INTERNACIONAL Y SUS CONTRADICCIONES

Diversos organismos internacionales han emitido críticas hacia políticas de seguridad en El Salvador. Si bien la vigilancia y la crítica son necesarias en cualquier democracia, también lo es la coherencia.

Resulta contradictorio que:

· Se condenen medidas estatales sin reconocer los avances en seguridad.

· Se omita el contexto histórico de violencia estructural.

· Se utilicen estándares distintos según el país.

Este fenómeno revela que los derechos humanos, en ciertos casos, son utilizados como lenguaje político internacional, más que como principios éticos universales.

VI. LAS VÍCTIMAS INVISIBLES: EL GRAN SILENCIO

Uno de los aspectos más preocupantes del doble rasero es la invisibilización de las víctimas de la violencia criminal.

Durante años, miles de salvadoreños:

· Fueron asesinados

· Fueron desplazados

· Perdieron oportunidades de vida.

· Sin embargo, sus historias rara vez ocuparon titulares internacionales.

¿Por qué algunas víctimas importan más que otras?

Esta pregunta evidencia una jerarquización moral inaceptable.

VII. HACIA UNA DEFENSA COHERENTE DE LOS DERECHOS HUMANOS

Superar el doble rasero implica asumir una postura ética firme:

· Universalidad real: Todos los derechos para todas las personas.

· Coherencia: Condenar todas las violaciones, sin importar el actor.

· Contextualización: Analizar cada situación en su realidad histórica.

· Centralidad de la víctima: Priorizar a quienes sufren

· Los derechos humanos no pueden ser selectivos. O son universales, o dejan de ser derechos.

CONCLUSIÓN

El análisis del caso salvadoreño evidencia una verdad incómoda: el discurso de los derechos humanos enfrenta una crisis de legitimidad cuando se aplica con doble rasero.

No se trata de justificar abusos ni de negar la importancia de la vigilancia internacional. Se trata de exigir coherencia, honestidad intelectual y compromiso real con la dignidad humana.

Una defensa selectiva de los derechos humanos no solo es injusta, sino peligrosa, porque debilita el fundamento mismo de estos principios.

REFLEXIÓN FINAL

Los derechos humanos no deben ser bandera de conveniencia, sino compromiso de conciencia.

Una sociedad verdaderamente justa no es aquella que defiende derechos cuando le conviene, sino aquella que los defiende siempre, incluso cuando resulta incómodo.

Porque al final, la pregunta no es política, es profundamente ética:

¿Defendemos los derechos humanos… o defendemos nuestros intereses disfrazados de derechos humanos?

REFERENCIAS (FORMATO APA)

1.       Donnelly, J. (2013). Universal human rights in theory and practice. Cornell University Press.

2.       Ignatieff, M. (2001). Human rights as politics and idolatry. Princeton University Press.

3.       Naciones Unidas. (1948). Declaración Universal de los Derechos Humanos.

4.       Human Rights Watch. (2023). Informe sobre derechos humanos en El Salvador.

5.       Amnistía Internacional. (2023). Informe anual sobre derechos humanos.

 

 

martes, 10 de marzo de 2026

        “CUANDO LA OPOSICIÓN OLVIDA QUE TAMBIÉN FUE GOBIERNO”

POR: MSc. JOSÉ ISRAEL VENTURA.

En la política salvadoreña ocurre un fenómeno que resulta difícil de ignorar para cualquier ciudadano que observe con atención el debate público. Cuando se escucha a muchos voceros de los partidos tradicionales, especialmente de ARENA y del FMLN, pareciera que nunca hubieran gobernado el país. Hablan con la autoridad moral de quienes nunca han ejercido el poder, como si su trayectoria política hubiera transcurrido siempre desde la oposición o desde una posición ética incuestionable. En sus discursos aparecen constantemente palabras como transparencia, rendición de cuentas, ética pública y moral política, pero dichas expresiones contrastan profundamente con el recuerdo que gran parte del pueblo salvadoreño tiene de los años en que estos mismos partidos dirigieron el Estado.

El problema no radica en que un partido político critique al gobierno de turno. En toda democracia sana, la crítica es necesaria y la oposición cumple un papel fundamental para vigilar al poder. Sin embargo, cuando esa crítica se formula desde una memoria selectiva que pretende borrar el pasado, la discusión pública pierde seriedad y se convierte en un ejercicio de cinismo político. El ciudadano común no puede evitar preguntarse: ¿Con qué autoridad moral se habla hoy de transparencia cuando durante décadas se administró el Estado en medio de múltiples escándalos de corrupción?

Durante los veinte años en que ARENA gobernó El Salvador (1989-2009), el país presenció una serie de denuncias, investigaciones y procesos judiciales que evidenciaron un manejo cuestionable de los recursos públicos. Diversos informes y acusaciones señalaron desfalcos millonarios que, según múltiples análisis, sumaron cantidades que superan los 37 mil millones de dólares en distintos mecanismos de corrupción, privatizaciones cuestionadas y mal manejo de fondos públicos. En ese período se consolidó una cultura política donde el poder estatal se convirtió, para muchos funcionarios, en una oportunidad de enriquecimiento personal y de fortalecimiento de redes de poder económico y político.

No obstante, la historia no terminó ahí. Cuando el FMLN llegó al gobierno en 2009, gran parte de la población esperaba una transformación ética en la conducción del Estado. El discurso histórico del partido estaba basado precisamente en la denuncia de la corrupción de los gobiernos anteriores.

Sin embargo, con el paso de los años comenzaron a surgir nuevos escándalos que involucraron a figuras importantes del propio partido. Las investigaciones sobre Mauricio Funes, por ejemplo, revelaron el uso irregular de cientos de millones de dólares de fondos públicos. A ello se sumaron otras acusaciones relacionadas con funcionarios de alto nivel y proyectos estatales cuestionados.

Las cifras mencionadas por distintos analistas y procesos judiciales —351 millones asociados a Funes, 289 millones vinculados a Sánchez Cerén, 600 millones en el caso de Sigfrido Reyes, además de múltiples irregularidades en proyectos como Las Pavas, el Hospital Rosales o el ISSS— reflejan un problema estructural que trasciende a un solo partido. Lo que aparece ante los ojos del ciudadano no es simplemente una cadena de casos aislados, sino la evidencia de una cultura política profundamente marcada por el abuso del poder y la falta de controles efectivos.

En este contexto, el discurso actual de ciertos sectores de la oposición produce una reacción comprensible en buena parte de la población. Cuando los mismos actores políticos que gobernaron durante décadas hablan ahora como si fueran guardianes de la ética pública, el contraste con la memoria histórica genera desconfianza. La política pierde credibilidad cuando quienes ayer fueron protagonistas del poder hoy intentan presentarse como si hubieran sido simples espectadores de los problemas del país.

Sin embargo, una reflexión crítica más profunda exige reconocer que la corrupción no es solamente un problema de individuos o de partidos específicos. En realidad, es el resultado de estructuras institucionales débiles, cultura política permisiva y ausencia histórica de mecanismos eficaces de control ciudadano. Durante décadas, el sistema político salvadoreño permitió que el acceso al poder se confundiera con el acceso a privilegios, contratos, favores y recursos públicos.

Por ello, el verdadero desafío para el país no consiste únicamente en señalar los errores del pasado, sino en construir una cultura política distinta, donde el poder público sea entendido como un servicio y no como una oportunidad de enriquecimiento. Esto implica fortalecer instituciones, garantizar transparencia real, promover una ciudadanía crítica y establecer mecanismos de control que trasciendan los ciclos electorales.

El pueblo salvadoreño ha aprendido, muchas veces a través de experiencias dolorosas, que la corrupción no distingue ideologías. Puede presentarse bajo discursos de derecha o de izquierda, bajo banderas revolucionarias o bajo promesas de modernización. Cuando el poder se separa de la ética, cualquier proyecto político corre el riesgo de degenerar en abuso.

Por esa razón, la discusión actual no debería centrarse únicamente en quién acusa a quién, sino en cómo evitar que el país vuelva a repetir los mismos errores históricos. La memoria política es una herramienta fundamental para la democracia. Un pueblo que olvida su historia corre el riesgo de que los mismos actores regresen con discursos renovados, pero con las mismas prácticas.

En última instancia, la credibilidad de cualquier oposición política no se construye únicamente con discursos o denuncias, sino con coherencia histórica y autocrítica sincera. Si los partidos tradicionales desean recuperar la confianza del pueblo, deberán reconocer con honestidad los errores cometidos durante sus gobiernos. Solo así podrán participar en el debate nacional con la legitimidad que exige una democracia madura.

El Salvador se encuentra en un momento histórico en el que la ciudadanía exige algo más que promesas. La sociedad demanda honestidad, responsabilidad y memoria política. Porque cuando el pasado se oculta o se niega, la política se convierte en un escenario de discursos vacíos. Pero cuando la historia se reconoce y se aprende de ella, entonces se abre la posibilidad de construir un país más justo y transparente.

 

 

 

SAN SALVADOR, 10 DE MARZO DE 2026