SALUD PÚBLICA, PODER POLÍTICO Y MEMORIA HISTÓRICA EN EL SALVADOR
POR: MSc. JOSÈ ISRAEL VENTURA.
INTRODUCCIÓN
Hablar de la salud pública en El Salvador no es un
ejercicio técnico ni un simple análisis estadístico. Es, ante todo, un acto
político, ético y moral. La manera en que un Estado protege —o abandona— la
salud de su población revela con mayor claridad que cualquier discurso su
verdadera escala de valores.
Allí donde la
enfermedad prevenible se normaliza, donde la muerte temprana se vuelve cotidiana
y donde el acceso a la atención médica depende de la pobreza o la riqueza, no
estamos frente a una falla administrativa aislada, sino ante una estructura
histórica de exclusión.
En este sentido, el documento La salud en tiempos de
guerra, elaborado en 1991 por el Instituto de Derechos Humanos de la
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (IDHUCA), constituye una pieza
fundamental para comprender no solo el estado de la salud en un momento
específico del conflicto armado salvadoreño, sino el funcionamiento profundo
del Estado y del modelo de sociedad que se había consolidado en el país
Este texto no se
limita a describir indicadores sanitarios: formula una acusación histórica
contra un sistema político que permitió —y normalizó— la muerte evitable de
miles de personas.
El valor del documento del IDHUCA radica en su claridad
conceptual: la crisis sanitaria de 1991 no fue una anomalía coyuntural
provocada exclusivamente por la guerra civil. Fue, más bien, la expresión
extrema de una crisis estructural preexistente, agravada por el conflicto
armado, pero no originada por él.
La guerra actuó como catalizador de un deterioro que ya
estaba inscrito en la pobreza histórica, la desigualdad social, la ausencia de
servicios básicos y la subordinación sistemática de la vida humana a
prioridades políticas y militares.
En 1991, El Salvador mostraba indicadores propios de un
país devastado: altas tasas de mortalidad infantil y materna, desnutrición
masiva, reaparición de enfermedades prevenibles, colapso hospitalario, falta de
agua potable y saneamiento básico para amplios sectores de la población. Morir
por diarrea, infecciones respiratorias o complicaciones del parto no era una
excepción trágica, sino una experiencia recurrente en la vida cotidiana de las
mayorías empobrecidas. Estas muertes no eran inevitables ni naturales; eran
muertes socialmente producidas, consecuencia directa de decisiones políticas
acumuladas.
El documento del IDHUCA introduce una tesis de enorme
profundidad ética y política: no puede
hablarse de democracia real ni de Estado de derecho mientras la mayoría de la
población carezca de las condiciones mínimas para vivir con dignidad y no morir
prematuramente.
La salud, entendida como derecho humano integral y no
como mercancía o servicio residual, se convierte así en un criterio central
para evaluar la legitimidad del poder político.
Lo más inquietante de este diagnóstico no es únicamente
la gravedad de la situación descrita en 1991, sino su persistencia histórica.
La firma de los Acuerdos de Paz en 1992 abrió una oportunidad inédita para
reconstruir el país sobre nuevas bases. La finalización del conflicto armado,
el acceso a cooperación internacional, los préstamos multilaterales y una
relativa estabilidad institucional crearon condiciones favorables para una
transformación estructural del sistema de salud.
Sin embargo, entre 1992 y 2019, El Salvador fue gobernado
durante veinte años por el partido ARENA y durante diez años por el FMLN.
Treinta años completos sin guerra. Treinta años con margen político y recursos
suficientes para corregir las injusticias sanitarias heredadas. La pregunta
central que guía este análisis es inevitable y profundamente incómoda:
¿Qué hicieron estos gobiernos para transformar de manera
estructural la situación de salud denunciada con tanta claridad en 1991?
Este trabajo sostiene que, pese a reformas parciales,
programas focalizados y cambios discursivos, no se produjo una ruptura real con
el modelo de exclusión sanitaria heredado. Persistieron la fragmentación del
sistema, la precariedad hospitalaria, las listas de espera interminables, la
desigualdad territorial, la insuficiente inversión sostenida y la subordinación
del derecho a la salud a intereses burocráticos, corporativos y partidarios. El
colapso crónico del Hospital Rosales, las condiciones indignas de atención y la
normalización del abandono hospitalario fueron expresiones visibles de una
crisis prolongada, administrada pero no resuelta.
Frente a ese largo ciclo de inmovilismo histórico, el
período iniciado en 2019 introduce un punto de inflexión que no puede
analizarse con los mismos parámetros. Independientemente de simpatías o
antagonismos políticos, el gobierno de Nayib Bukele heredó un sistema de salud
profundamente deteriorado y tomó decisiones que rompen con la inercia de
décadas: inversión directa en infraestructura hospitalaria, reconstrucción de
centros nacionales de referencia, ampliación de la capacidad instalada y
recuperación del papel rector del Estado en salud pública.
Este análisis no pretende idealizar ni eximir de críticas
al gobierno actual. Por el contrario, parte de una exigencia básica de
honestidad intelectual: comparar seis años de gestión con treinta años de
gobiernos anteriores exige proporcionalidad histórica, memoria y rigor
analítico. No se puede evaluar el presente ignorando el peso acumulado del
abandono estructural, ni se puede exigir soluciones inmediatas a problemas que
fueron deliberadamente postergados durante décadas.
El objetivo central de este ensayo es, por tanto,
contrastar críticamente tres momentos históricos fundamentales:
·
1991, como
expresión extrema del colapso sanitario en contexto de guerra y pobreza
estructural.
·
1992–2019,
como período de oportunidad histórica perdida bajo los gobiernos de ARENA y
FMLN.
·
2019–2025,
como intento de ruptura con la inercia histórica del abandono sanitario.
Desde esta perspectiva, la salud deja de ser un tema
técnico y se revela como lo que siempre ha sido: un campo de disputa política
donde se decide quién vive, cómo vive y quién muere antes de tiempo. Analizar
la salud pública es, en última instancia, analizar el modelo de país que se ha
construido —y el que aún está en disputa—.
CAPÍTULO I
1991: la salud como espejo del Estado fallido salvadoreño
La situación de salud en El Salvador en 1991 no puede
comprenderse como un simple efecto colateral del conflicto armado. El documento
La salud en tiempos de guerra, elaborado por el Instituto de Derechos Humanos
de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (IDHUCA), demuestra con
claridad que la crisis sanitaria que vivía el país era estructural, histórica y
profundamente política, anterior a la guerra y agravada por ella
Este capítulo analiza cómo la salud pública funcionó, en
ese momento histórico, como un indicador directo del fracaso del Estado,
revelando una democracia meramente formal, incapaz de garantizar el derecho más
básico: el derecho a la vida.
1.1 La salud como derecho humano negado
El punto de partida del análisis del IDHUCA es una afirmación
ética fundamental: la salud es un derecho humano, no una concesión estatal ni
un servicio sujeto a la lógica del mercado. Esta concepción coincide con la
definición de la Organización Mundial de la Salud, que entiende la salud como
un estado de bienestar físico, mental y social, determinado por condiciones
materiales concretas como la alimentación, la vivienda, el acceso al agua
potable, el saneamiento básico, la educación y la atención médica oportuna.
En El Salvador de 1991, este derecho era sistemáticamente
vulnerado. Aunque el Estado reconocía formalmente la salud en su marco
constitucional y había suscrito tratados internacionales en la materia, en la
práctica incumplía de manera persistente sus obligaciones básicas. Existía una
brecha profunda entre el discurso jurídico y la realidad cotidiana de la
población. Tener derechos en el papel no equivalía a ejercerlos en la vida
real.
El documento es contundente: cuando la mayoría de las muertes se produce por causas prevenibles, no se está ante una tragedia natural, sino ante un fracaso político y moral del Estado La muerte evitable se convierte así en evidencia de una estructura institucional que ha dejado de cumplir su función esencial.
1.2 Guerra, pero también abandono histórico
Uno de los aportes más importantes del documento del
IDHUCA es desmontar una narrativa cómoda y persistente: atribuir todos los
males sanitarios exclusivamente a la guerra civil. Si bien el conflicto armado
agravó de manera significativa la situación —destruyendo infraestructura,
desplazando poblaciones y desviando recursos—, no fue la causa originaria del
colapso sanitario.
Antes de 1980, El Salvador ya presentaba:
·
Un sistema
de salud fragmentado y excluyente
·
Altas tasas
de mortalidad infantil y materna
·
Desnutrición
crónica generalizada
·
Escaso
acceso a agua potable y saneamiento básico
La guerra actuó como acelerador brutal de un deterioro
preexistente. En lugar de fortalecer la protección de la población civil, el
Estado optó por militarizar el presupuesto y relegar la salud pública a un
plano secundario, incluso cuando la mayor cantidad de muertes no provenía del
combate, sino de enfermedades evitables
Esta elección política revela una jerarquía de valores profundamente distorsionada: proteger al Estado armado antes que a la población civil.
1.3 Indicadores sanitarios de una crisis ética
Los indicadores sanitarios recogidos por el IDHUCA no
admiten relativizaciones ni lecturas complacientes. Reflejan una crisis que va
más allá de lo médico y se adentra en lo ético y social:
Mortalidad infantil entre 42 y 71 por cada mil nacidos
vivos
Mortalidad materna entre las más altas de Centroamérica
Más del 50 % de niños menores de cinco años con algún
grado de desnutrición
Aproximadamente 86 % de la población en situación de
pobreza, con más del 60 % en pobreza extrema
Estos datos no describen únicamente carencias técnicas
del sistema de salud. Revelan una estructura social que condena a los más
pobres a enfermar y morir primero. La infancia y las mujeres pobres cargaban
con el peso mayor de esta injusticia sanitaria.
Morir antes del primer año de vida, morir durante el parto o morir por diarrea no eran hechos excepcionales. Eran parte de la normalidad cotidiana en amplias zonas del país. En este contexto, la salud deja de ser un problema médico y se convierte en un indicador de exclusión social sistemática.
1.4 El cólera: símbolo del colapso estructural del Estado
La aparición del cólera en 1991 constituye uno de los
ejemplos más elocuentes del colapso estructural del Estado salvadoreño. El
documento del IDHUCA lo señala con claridad: el cólera no llega a un
“territorio virgen”, sino a un país sin agua potable, con ríos contaminados,
hacinamiento urbano y sistemas de saneamiento inexistentes
En países con infraestructura básica, el cólera es una
enfermedad controlable. En El Salvador se convirtió en una amenaza nacional
porque encontró un terreno social fértil, creado por décadas de negligencia
estatal. La epidemia no fue un accidente biológico, sino el resultado
previsible de la ausencia de políticas públicas orientadas a la prevención.
El cólera funcionó, así, como una metáfora brutal del
Estado fallido: donde falta lo mínimo, cualquier enfermedad se transforma en
catástrofe.
1.5 Presupuesto público: cuando la vida no es prioridad
Quizá el aspecto más revelador del análisis del IDHUCA es el estudio de las prioridades presupuestarias del Estado en 1991. Los datos son contundentes:
El gasto en salud representaba apenas 0.7 % del PIB
El gasto per cápita anual en salud rondaba los 9.40
dólares
El presupuesto militar triplicaba al presupuesto de salud
Estos números desnudan una verdad incómoda: el problema
no era la falta absoluta de recursos, sino la decisión consciente de no
invertir en la vida. El Estado eligió la guerra antes que la salud, incluso
cuando la mayoría de las muertes no estaban relacionadas con el conflicto
armado
Esta lógica revela una concepción autoritaria del poder:
preservar el aparato militar antes que garantizar la supervivencia de la población
civil.
1.6 Salud y democracia inexistente
El documento del IDHUCA culmina con una tesis de enorme
profundidad política: no puede hablarse de democracia real en un país donde la
mayoría muere por causas evitables. La democracia no se mide únicamente por
elecciones periódicas, sino por la capacidad efectiva del Estado de garantizar
condiciones mínimas de vida digna.
En El Salvador de 1991, la salud funcionaba como un
espejo incómodo que reflejaba:
·
Un Estado
incapaz de proteger a sus ciudadanos
·
Una élite política
desconectada de la realidad popular
· Un modelo económico profundamente excluyente
·
Una
democracia meramente formal
La negación del derecho a la salud era, en los hechos,
una negación del derecho a vivir.
CAPÍTULO II
Treinta años después: ARENA
y FMLN frente a la herencia sanitaria de la guerra Continuidad del abandono, reformas parciales y
oportunidad histórica perdida (1992–2019)
La firma de los Acuerdos de Paz en 1992 marcó el fin
formal del conflicto armado y abrió una oportunidad histórica sin precedentes
para reconstruir El Salvador sobre nuevas bases. Por primera vez en décadas, el
Estado ya no podía justificar la precariedad social y sanitaria en nombre de la
guerra. La paz ofrecía las condiciones políticas, financieras y simbólicas para
asumir la salud pública como una prioridad nacional y saldar la deuda histórica
documentada con crudeza en 1991 por el IDHUCA.
Sin embargo, tres décadas después, el balance resulta
profundamente decepcionante. Entre 1992 y 2019, El Salvador fue gobernado durante
veinte años por ARENA y durante diez años por el FMLN. Treinta años completos
sin guerra, con estabilidad institucional relativa, acceso a cooperación
internacional y financiamiento multilateral. A pesar de ello, la estructura
profunda del sistema de salud heredado de la guerra no fue transformada de
manera sustantiva.
Este capítulo sostiene que, más allá de diferencias
ideológicas y discursivas, ambos períodos compartieron un rasgo común: la
ausencia de una ruptura estructural con el modelo de exclusión sanitaria
denunciado en 1991.
2.1 De la posguerra a la normalización del deterioro
El error histórico central de los gobiernos posteriores a
1992 fue naturalizar la precariedad sanitaria. En lugar de asumir la salud como
un derecho humano central y como eje estratégico de reconstrucción nacional, se
optó por administrar la escasez, contener el colapso y posponer indefinidamente
las transformaciones de fondo.
Lo que en 1991 era descrito como crisis abierta, con el
paso del tiempo se convirtió en crisis crónica. El deterioro dejó de generar
indignación y pasó a formar parte de la rutina institucional. Hospitales
saturados, listas de espera interminables, falta de medicamentos y atención
tardía se volvieron experiencias normales para amplios sectores de la población.
Este proceso de normalización tuvo un efecto devastador:
el sufrimiento humano fue despolitizado. La muerte evitable dejó de ser vista
como una responsabilidad del Estado y comenzó a percibirse como una fatalidad
inherente a la pobreza.
2.2 ARENA (1989–2009): mercado, ajuste y salud residual
Durante los gobiernos de ARENA, la política pública
estuvo dominada por una visión económica centrada en el mercado, la
privatización y el ajuste fiscal. En este marco, el Estado fue concebido como
un administrador mínimo y no como garante de derechos sociales.
La salud pública fue tratada, en consecuencia, como un
gasto a contener y no como una inversión social estratégica. Las consecuencias
fueron claras y acumulativas:
·
Inversión
insuficiente y discontinua en infraestructura hospitalaria
·
Deterioro
progresivo de hospitales nacionales
·
Déficit
crónico de medicamentos, equipo y personal
·
Creciente
dependencia del sector privado
El sistema de salud se consolidó como segmentado y
excluyente. Quien podía pagar accedía a atención oportuna; quien no, debía
esperar meses o años, o simplemente resignarse a no ser atendido. Esta lógica
reprodujo exactamente la estructura denunciada por el IDHUCA en 1991, donde la
clase social funcionaba como filtro de vida o muerte.
El Hospital Rosales se convirtió en el símbolo más
visible de esta continuidad histórica: infraestructura obsoleta, hacinamiento,
listas de espera masivas y atención indigna. Durante dos décadas, ningún
gobierno asumió su reconstrucción integral como prioridad nacional.
ARENA nunca abordó las causas estructurales identificadas
en 1991: pobreza, desnutrición, saneamiento básico, acceso al agua potable y
atención primaria.
La salud siguió
subordinada a una lógica económica que priorizaba la estabilidad macroeconómica
por encima de la vida cotidiana de las mayorías.
2.3 FMLN (2009–2019): discurso social y límites
estructurales
La llegada del FMLN al gobierno en 2009 generó
expectativas legítimas de cambio. El discurso político incorporó con mayor
claridad la noción de la salud como derecho humano, la importancia de la
atención primaria y el enfoque comunitario. En efecto, se impulsaron programas
orientados a ampliar la cobertura en zonas históricamente excluidas.
Sin embargo, el núcleo estructural del sistema de salud no
fue transformado. Las limitaciones fueron evidentes:
·
Persistencia
del colapso hospitalario
·
Ausencia de
una modernización profunda de hospitales nacionales
·
Débil
inversión en infraestructura estratégica
·
Continuidad
de la fragmentación institucional
Aunque el lenguaje cambió, la experiencia cotidiana de
los pacientes pobres cambió poco. Las listas de espera siguieron siendo parte
de la normalidad; las condiciones indignas en hospitales públicos no
desaparecieron; la desigualdad territorial en el acceso a la salud se mantuvo.
Más grave aún, durante este período se consolidó una
cultura de normalización del abandono institucional.
Las huelgas
prolongadas, la suspensión de servicios y la priorización de intereses
corporativos por encima del derecho de los pacientes se volvieron prácticas
recurrentes. El sufrimiento humano fue
absorbido por la burocracia y tratado como una variable secundaria.
2.4 Treinta años sin ruptura estructural
El elemento común entre los gobiernos de ARENA y del FMLN
fue la ausencia de una ruptura real con el modelo heredado de la guerra.
Cambiaron los discursos, los programas y los colores partidarios, pero no la
estructura profunda del sistema de salud.
Treinta años después de 1991:
·
El Hospital
Rosales seguía siendo un hospital colapsado
·
La
infraestructura hospitalaria nacional seguía siendo insuficiente
·
La atención
especializada seguía concentrada en la capital
·
La
inversión histórica seguía estando por debajo de las necesidades reales
Lo que en 1991 era abandono estatal, en 2019 se había convertido en abandono institucionalizado. No por falta de diagnósticos —estos existían desde hacía décadas— sino por falta de voluntad política para asumir la salud como prioridad nacional.
2.5 Responsabilidad histórica y memoria ética
Contrastar 1991 con 2019 obliga a una conclusión incómoda
pero necesaria: la posguerra no corrigió las injusticias sanitarias heredadas;
simplemente las administró. ARENA y FMLN tuvieron tiempo, recursos y
legitimidad política para transformar el sistema de salud. No lo hicieron.
Por ello, la crisis sanitaria persistente al inicio del
siglo XXI no puede atribuirse únicamente a herencias lejanas ni a limitaciones
técnicas. Es el resultado directo de decisiones políticas acumuladas durante
treinta años.
La memoria histórica no es un ejercicio retórico ni un
ajuste de cuentas partidario. Es una herramienta ética indispensable para
evitar la manipulación del presente. Sin memoria, el debate sobre la salud
pública se reduce a propaganda; con memoria, se convierte en responsabilidad.
CAPÍTULO III
Seis años de ruptura: el gobierno de Nayib Bukele frente
a treinta años de inercia sanitaria
Intervención estatal, cambio de prioridades y desafíos
pendientes (2019–2025)
Analizar el período iniciado en 2019 exige un ejercicio
de honestidad intelectual poco frecuente en el debate público salvadoreño.
Comparar seis años de gestión con treinta años de gobiernos anteriores no puede
hacerse sin considerar el peso del abandono histórico acumulado. El sistema de
salud que recibe el nuevo gobierno no es uno funcional que simplemente
“necesitaba ajustes”, sino un sistema estructuralmente agotado, deteriorado
durante décadas y normalizado en su precariedad, tal como lo advertía el IDHUCA
desde 1991.
Este capítulo sostiene que el rasgo distintivo del
período 2019–2025 no es la resolución completa de la crisis sanitaria —algo
imposible en tan corto tiempo—, sino la ruptura con la lógica histórica de
administrar el colapso sin intervenirlo.
3.1 El punto de partida real: herencia de un sistema
colapsado
Cuando el nuevo gobierno asume funciones en 2019, hereda
un sistema de salud marcado por los mismos problemas estructurales descritos
casi tres décadas antes:
·
Infraestructura
hospitalaria obsoleta
·
Listas de
espera prolongadas
·
Déficit
crónico de medicamentos e insumos
·
Fragmentación
institucional
·
Desigualdad
territorial en el acceso a servicios
El Hospital Rosales, principal centro nacional de
referencia, continuaba operando en condiciones que vulneraban la dignidad
humana: hacinamiento, equipo deteriorado, atención diferida durante meses o
incluso años.
Lo que había cambiado no era la realidad material, sino
la forma en que el Estado se relacionaba con ella: durante treinta años, el
colapso fue tolerado, administrado y normalizado.
La diferencia central a partir de 2019 no fue el
diagnóstico —conocido desde 1991—, sino la decisión política de intervenir de
manera directa y visible.
3.2 Ruptura con la lógica de la “administración de la
escasez”
Uno de los cambios más significativos del período reciente
fue abandonar la lógica histórica de “hacer lo que se puede con lo que hay”.
Por primera vez en décadas, la salud dejó de tratarse como un problema
inevitable y comenzó a asumirse como responsabilidad directa del Estado.
Esta ruptura se manifestó en tres ejes fundamentales:
·
Inversión
directa en infraestructura sanitaria, no limitada al mantenimiento mínimo.
·
Recuperación
del rol rector del Estado en la conducción de la política de salud pública.
·
Apuesta por
la capacidad instalada, más allá de programas temporales o paliativos.
Mientras los gobiernos anteriores optaron por remiendos y
soluciones parciales, el enfoque del nuevo período se orientó a intervenciones
estructurales, especialmente en hospitales nacionales estratégicos.
3.3 Infraestructura hospitalaria: de la precariedad normalizada
a la reconstrucción
Uno de los contrastes más visibles con los treinta años
previos es la decisión política de invertir en infraestructura hospitalaria de
gran escala. Durante décadas, los hospitales públicos funcionaron como
edificios envejecidos, improvisados y saturados, aceptados socialmente como
parte del “paisaje” institucional.
A partir de 2019, se observa un cambio de enfoque:
·
Ampliación
de la capacidad hospitalaria
·
Modernización
de áreas críticas y quirófanos
·
Mejores
condiciones para pacientes y personal de salud
·
La
reconstrucción y modernización de hospitales nacionales no constituye
únicamente una decisión técnica. Es una decisión política que rompe con la
resignación histórica frente a la precariedad. Implica reconocer que el
deterioro no es destino, sino consecuencia de omisiones prolongadas.
Este giro contrasta directamente con la pasividad histórica documentada desde 1991, cuando incluso después de desastres naturales y crisis sanitarias, la reconstrucción hospitalaria fue sistemáticamente postergada.
3.4 La pandemia como prueba histórica de estrés
La pandemia de COVID-19 representó una prueba extrema
para todos los sistemas de salud del mundo. En el caso salvadoreño, tuvo una
particularidad decisiva: puso a prueba un sistema debilitado por décadas de
abandono estructural.
Paradójicamente, esta crisis global aceleró decisiones
que durante treinta años habían sido postergadas. Frente a la emergencia, el
Estado optó por:
·
Ampliar
rápidamente la capacidad hospitalaria
·
Centralizar
la coordinación sanitaria
·
Priorizar
la atención pública y gratuita
Más allá de debates políticos legítimos sobre formas y
tiempos, lo relevante desde una perspectiva histórica es que no se respondió
desde la inercia, sino desde la intervención estatal directa. Un sistema como
el descrito por el IDHUCA en 1991 habría colapsado sin capacidad de respuesta
mínima ante una crisis de esta magnitud.
3.5 Proporcionalidad histórica: seis años no son treinta
Uno de los errores más recurrentes en el discurso opositor contemporáneo es exigir al gobierno actual resolver en seis años lo que no se quiso resolver en treinta. Esta exigencia ignora deliberadamente el peso del abandono histórico acumulado y distorsiona el análisis.
El documento del IDHUCA deja claro que:
·
Las crisis
sanitarias no se generan de la noche a la mañana
·
La
infraestructura hospitalaria no se construye en meses
·
La
desigualdad territorial es producto de décadas de exclusión
Desde esta perspectiva, el análisis serio no debe
limitarse a preguntar “¿qué falta por hacer?”, sino también “¿Por qué no se
hizo antes?”. Esta segunda pregunta apunta directamente a ARENA y FMLN como
responsables históricos del deterioro acumulado.
3.6 Avances reales, límites persistentes y desafíos
estructurales
Reconocer rupturas no implica negar límites. Persisten
desafíos profundos:
·
Déficit
histórico de personal especializado
·
Brechas
territoriales en acceso a servicios
·
Necesidad
de fortalecer la atención primaria y preventiva
·
Integración
efectiva entre infraestructura y políticas sociales
Sin embargo, la diferencia central es política y estructural: hoy existe intervención, no simple administración del colapso. En términos históricos, esto constituye un cambio de paradigma respecto al modelo denunciado en 1991 y perpetuado durante tres décadas.
CAPÍTULO IV
Comparación estructural de la salud pública en El
Salvador
1991 – Posguerra (ARENA–FMLN) – Actualidad
Continuidades, rupturas y lecciones históricas
Este capítulo constituye el núcleo comparativo del
ensayo. No se trata de contrastar gestiones de manera superficial ni de
enumerar obras o programas aislados, sino de examinar estructuras, prioridades
del Estado y resultados históricos en tres momentos claramente diferenciados.
La comparación se apoya en el diagnóstico del IDHUCA (1991) como vara ética
para evaluar cambios reales y no meros desplazamientos discursivos.
4.1 Concepción de la salud: derecho humano versus
servicio administrado
En 1991, el IDHUCA formula una tesis central: la salud es
un derecho humano integral, inseparable de las condiciones materiales de vida
(agua, saneamiento, nutrición, vivienda, educación y acceso oportuno a
servicios). El problema no era la ausencia de normas, sino la negación práctica
del derecho.
Durante la posguerra (1992–2019), el lenguaje de derechos se incorporó al discurso político, pero no se tradujo en políticas estructurales coherentes.
La salud se administró como:
·
un servicio
limitado,
·
un gasto
controlable,
·
una
responsabilidad parcialmente trasladada a las familias.
En la etapa reciente (2019–2025), se observa una
reafirmación del rol del Estado como garante directo de infraestructura,
capacidad hospitalaria y respuesta ante emergencias. No se trata solo de
retórica: hay decisiones de inversión que rompen con la lógica histórica de
“administrar la escasez”. Esto marca una ruptura conceptual con el paradigma
que predominó durante décadas.
4.2 Presupuesto y prioridades del Estado: la vida en
segundo plano
El análisis presupuestario revela continuidades difíciles
de eludir. En 1991, el gasto en salud era mínimo y subordinado al gasto
militar. El Estado priorizaba la guerra aun cuando la mayoría de las muertes eran
prevenibles.
En la posguerra:
·
el
presupuesto de salud aumentó de forma insuficiente y discontinua,
·
nunca
alcanzó niveles proporcionales a las necesidades reales,
· se mantuvo una lógica de contención fiscal.
El resultado fue un sistema permanentemente insuficiente,
incapaz de absorber demanda, reducir listas de espera y sostener calidad.
En la actualidad, el cambio más visible es dónde se
decide poner el dinero: inversiones concentradas en infraestructura estratégica
y ampliación de capacidad instalada. Aunque persisten límites y tensiones
fiscales, la jerarquía de prioridades se ha movido del mantenimiento mínimo a
la intervención.
4.3 Infraestructura hospitalaria: del deterioro
normalizado a la intervención directa
La infraestructura hospitalaria es uno de los contrastes
más elocuentes.
1991: hospitales insuficientes, obsoletos y saturados.
1992–2019: continuidad del deterioro; reconstrucciones
parciales y postergaciones crónicas.
2019–2025: decisión política de reconstruir, ampliar y
modernizar.
El Hospital Rosales sintetiza esta trayectoria: durante
décadas fue el emblema del colapso aceptado como normalidad. La intervención
reciente rompe esa inercia. Esta decisión no es solo técnica; es política:
reconoce que la precariedad no es destino, sino consecuencia de omisiones
históricas.
Advertencia histórica: la infraestructura es condición
necesaria, pero no suficiente. Sin gobernanza clínica, personal, abastecimiento
y mantenimiento, el riesgo es convertir la inversión en capacidad subutilizada.
La lección del pasado exige integrar obra física con gestión y atención
primaria.
4.4 Atención primaria y prevención: la deuda persistente
Una continuidad negativa atraviesa los tres períodos: la
debilidad histórica de la atención primaria y preventiva.
El IDHUCA (1991) fue explícito: la mayoría de las muertes
podían evitarse con agua potable, saneamiento, nutrición y atención
comunitaria. Ni en la posguerra ni plenamente en la actualidad se ha logrado
transformar de manera sostenida estos determinantes sociales.
En la posguerra, hubo avances parciales y focalizados,
sin sostenibilidad integral.
En la actualidad, el desafío es no repetir el error
histórico: fortalecer hospitales sin resolver prevención reproduce el ciclo de
saturación.
La lección es clara: sin prevención, toda expansión
hospitalaria será frágil.
4.5 Tiempo histórico y responsabilidad política
Una comparación honesta incorpora la variable tiempo:
1991: colapso acumulado de décadas.
1992–2019: treinta años completos de oportunidad política.
2019–2025: período aún en desarrollo.
Exigir resultados inmediatos sin considerar el abandono
previo es deshonesto; negar avances recientes para proteger narrativas
partidarias también lo es. La diferencia clave del presente es que la inercia
ha sido interrumpida. No completamente resuelta, pero sí cuestionada en su raíz
4.6 Lecciones históricas fundamentales
De la comparación estructural emergen lecciones
inequívocas:
La salud no mejora con discursos, sino con decisiones
estructurales.
La precariedad prolongada no es fatalidad; es política.
Treinta años de omisiones pesan más que seis años de
intervención.
Sin memoria histórica, el debate sanitario se convierte en manipulación.
CONCLUSIÓN GENERAL
Salud, poder político y responsabilidad histórica en El
Salvador
El análisis crítico del documento La salud en tiempos de
guerra (IDHUCA, 1991) y su contraste con la evolución del sistema de salud
salvadoreño a lo largo de más de tres décadas conduce a una conclusión
inequívoca: la crisis sanitaria en El Salvador no ha sido un accidente
histórico ni una suma de errores técnicos, sino el resultado directo de
decisiones políticas acumuladas, sostenidas y, en muchos casos, conscientemente
postergadas.
En 1991, el país mostraba un colapso sanitario profundo.
La guerra civil agravó una situación ya insostenible, pero no la originó. El
documento del IDHUCA demuestra que la pobreza estructural, la desigualdad
extrema, la falta de agua potable, el saneamiento inexistente, la desnutrición
masiva y un sistema de salud fragmentado y excluyente configuraban un escenario
donde morir por causas prevenibles era parte de la normalidad. El Estado
salvadoreño había fallado en su obligación más elemental: proteger la vida de
su población.
Lo verdaderamente grave es que, tras el fin del conflicto
armado y la firma de los Acuerdos de Paz, esta realidad no fue transformada de
manera estructural. ARENA gobernó durante veinte años y el FMLN durante diez
más. Treinta años completos sin guerra, con cooperación internacional,
estabilidad institucional relativa y margen político suficiente para
reconstruir el sistema de salud. Sin embargo, la herencia sanitaria de 1991
fue, en esencia, administrada y no superada.
Durante ese largo período, el colapso hospitalario se
normalizó; las listas de espera se volvieron parte de la rutina; la precariedad
de hospitales emblemáticos como el Rosales fue aceptada como inevitable; y la
salud continuó siendo tratada como gasto y no como inversión social. Cambiaron
los discursos y los colores partidarios, pero no las prioridades fundamentales
del Estado. La deuda histórica con la salud pública permaneció intacta.
El período iniciado en 2019 introduce un quiebre que,
desde una perspectiva histórica, no puede ser ignorado ni trivializado. En
apenas seis años, se han impulsado decisiones que rompen con la inercia de tres
décadas: inversión directa en infraestructura hospitalaria, reconstrucción de
centros nacionales de referencia, ampliación de la capacidad instalada y
recuperación del papel rector del Estado en salud pública. Estos cambios no
resuelven por sí solos la crisis estructural, pero sí alteran una lógica
histórica de resignación frente al deterioro.
Comparar seis años con treinta sin considerar el peso del
abandono acumulado es intelectualmente deshonesto. Pero negar las omisiones
históricas de ARENA y FMLN o minimizar los cambios recientes para proteger
narrativas partidarias también lo es. La memoria histórica no debe servir para
justificar el presente, sino para evaluarlo con justicia y rigor.
Este análisis confirma una verdad incómoda pero necesaria: los pueblos no enferman por casualidad; enferman cuando el Estado los abandona. Y cuando ese abandono se prolonga durante décadas, sus consecuencias no desaparecen de un día para otro.
REFLEXIÓN FINAL
La salud como criterio ético de la política y de la
memoria histórica
La salud pública es, quizá, el termómetro moral más
preciso de un Estado. Allí donde los hospitales colapsan, donde los niños
mueren por diarrea, donde las mujeres mueren en el parto y donde la pobreza se
convierte en enfermedad, no existe neutralidad política posible. Hay
responsabilidad histórica.
El documento del IDHUCA de 1991 sigue siendo
incómodamente vigente porque revela una verdad que muchos prefieren olvidar: la
democracia no se mide solo por elecciones, sino por la capacidad real de
garantizar la vida y la dignidad de las mayorías. Un Estado que permite la
muerte prevenible de su población no fracasa solo en términos técnicos; fracasa
éticamente.
Treinta años de posguerra demostraron que la firma de la
paz no garantiza justicia social ni salud digna si no existe voluntad política
para transformar estructuras. El abandono prolongado fue una forma silenciosa
de violencia, menos visible que la guerra, pero igual de letal. La
normalización del sufrimiento humano fue, en sí misma, una política no
declarada.
El momento actual plantea un desafío distinto y decisivo:
no repetir los errores del pasado. La inversión en infraestructura hospitalaria
es indispensable, pero insuficiente si no se acompaña de prevención, atención
primaria, acceso universal al agua potable, saneamiento básico, nutrición
adecuada y políticas sociales integrales. La historia demuestra que, sin estos
pilares, toda mejora será frágil y reversible.
Finalmente, este ensayo propone una reflexión que
trasciende coyunturas y partidos: la salud no debe ser rehén de disputas
partidarias ni de memorias selectivas. Es un derecho humano fundamental, un
mandato ético y un deber irrenunciable del Estado.
Recordar 1991 no es un ejercicio de nostalgia ni de reproche estéril; es un acto de memoria responsable. Porque solo un país que reconoce honestamente su pasado puede construir un futuro donde la vida no sea un privilegio, sino un derecho efectivo para todos.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
1.
Fuente base
obligatoria (documento eje del ensayo)
2.
Instituto
de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas
(IDHUCA). (1991). La salud en tiempos de guerra. Universidad Centroamericana
José Simeón Cañas (UCA).
3.
Organización
Mundial de la Salud. (1948). Constitución de la Organización Mundial de la
Salud. OMS.
4.
Organización
Mundial de la Salud. (2008). Informe sobre la salud en el mundo 2008: La
atención primaria de salud, más necesaria que nunca. OMS.
5.
Organización
Panamericana de la Salud. (2006). Perfil de los sistemas de salud: El Salvador.
OPS.
6.
Organización
Panamericana de la Salud. (2008). Health systems profile: El Salvador.
OPS.
7.
Programa de
las Naciones Unidas para el Desarrollo. (1991). Informe sobre desarrollo
humano. PNUD.
8.
Programa de
las Naciones Unidas para el Desarrollo. (2019). Informe sobre desarrollo
humano: Más allá del ingreso. PNUD.
9.
Reforma sanitaria, atención primaria y
análisis regional
10.
Hernández
Reyes, A. (2018). La atención primaria de salud como fundamento de la reforma
de salud salvadoreña. Revista Panamericana de Salud Pública, 42, e130.
https://doi.org/10.26633/RPSP.2018.130
11. Medicus Mundi. (2018). Reforma de salud: Más allá de los servicios de salud. El caso de El Salvador. Medicus Mundi.
12. People’s
Health Movement. (2019). Global health watch 5: An alternative world health
report. Zed Books.
13.
Políticas
públicas y documentos institucionales de El Salvador
14.
Ministerio
de Salud de El Salvador. (2010). Política Nacional de Salud 2009–2014. MINSAL.
15.
Ministerio
de Salud de El Salvador. (2015). Lineamientos técnicos para los ECOS familiares
y ECOS especializados. MINSAL.
16.
Ministerio
de Salud de El Salvador. (2021). Memoria de labores 2020–2021. MINSAL.
17.
Ministerio
de Salud de El Salvador. (2023). Marco institucional del sistema nacional de
salud. MINSAL.
18.
Infraestructura
hospitalaria, financiamiento y gestión
19.
Banco
Interamericano de Desarrollo. (2020). Apoyo al fortalecimiento del sistema de
salud de El Salvador (ES-T1354). BID.
20.
Banco Interamericano
de Desarrollo. (2022). Gestión hospitalaria y sostenibilidad de la
infraestructura sanitaria en América Latina. BID.
SAN SALVADOR, 4 DE DICIEMBRE DE 2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario