sábado, 26 de septiembre de 2026

 


ENSAYO CRÍTICO LA CIENCIA SECUESTRADA: PROGRESO ILIMITADO EN UN MUNDO MORALMENTE ENFERMO

POR: MSC. JOSE ISRAEL VENTURA

INTRODUCCIÓN

 

La humanidad ha creado muchas instituciones para comprender y organizar la vida: la religión, el Estado, el mercado, la escuela, la familia. Sin embargo, ninguna ha transformado el mundo con tanta fuerza como la ciencia. En apenas unos pocos siglos de existencia formal, la ciencia ha cambiado radicalmente la manera de producir, de curar, de comunicarnos, de viajar, de conocer el universo y de conocernos a nosotros mismos. Gracias a ella la esperanza de vida aumentó, innumerables enfermedades dejaron de ser una condena segura, la producción de alimentos se multiplicó y hoy es posible comunicarse en segundos con cualquier región del planeta.

Pero sobre este éxito inmenso se proyecta una sombra escandalosa: millones de personas siguen muriendo por causas evitables, el hambre continúa destruyendo vidas en un planeta que produce alimentos de sobra, la tecnología se concentra en manos de minorías privilegiadas y la riqueza mundial se acumula en un reducido grupo de multimillonarios mientras la mayoría vive en precariedad. La ciencia, que nació con la promesa de aliviar el sufrimiento humano, se desarrolla dentro de un sistema económico y político que termina usando buena parte de sus frutos para fines de lucro, poder y dominio.

Esta es la paradoja que guía el presente ensayo: nunca tuvimos tanta ciencia, pero tampoco habíamos tenido tanta desigualdad en un mundo con tanta abundancia. La ciencia, como institución cognitiva, no ha fracasado; lo que ha fracasado es la forma en que la sociedad organiza, controla y distribuye sus resultados. El problema no está en el laboratorio, sino en el modelo civilizatorio que decide quién se beneficia y quién queda excluido.

CAPÍTULO 2. ABUNDANCIA Y HAMBRE: EL CRIMEN MORAL DEL SIGLO XXI

La agricultura científica y la llamada “revolución verde” multiplicaron la producción de alimentos. Hoy el planeta produce más comida de la que necesitaría para alimentar a todos sus habitantes. Distintos informes señalan que se produce lo suficiente para cubrir sobradamente las necesidades de la población mundial. Sin embargo, millones de personas siguen padeciendo hambre crónica y desnutrición.

El hambre no es, por tanto, un problema técnico sino político. Los alimentos se producen bajo la lógica de la ganancia, no bajo la lógica de la necesidad humana. Grandes corporaciones controlan cadenas completas de producción, transporte y comercialización; deciden qué se cultiva, en qué cantidades, dónde se vende y a qué precio. Al mismo tiempo, enormes volúmenes de comida se desperdician o se destruyen para mantener precios altos en los mercados internacionales.

De esta forma, el hambre se convierte en una especie de crimen invisible: mueren personas no porque no exista alimento, sino porque el sistema decide que su vida vale menos que la ganancia que se obtiene especulando con la comida. La ciencia hizo su parte al desarrollar tecnologías para producir más y mejor; lo que falla es la estructura económica que impide que esa abundancia llegue hasta quienes más la necesitan.

CAPÍTULO 3. MEDICINA PARA POCOS, MUERTE PARA MUCHOS

La medicina es uno de los campos donde la ciencia ha mostrado con mayor claridad su potencial humanista. Vacunas, antibióticos, cirugías complejas, terapias intensivas y fármacos de nueva generación han salvado millones de vidas. Enfermedades que antes diezmaron poblaciones enteras hoy pueden prevenirse o tratarse con relativa facilidad.

Sin embargo, la existencia de medicamentos eficaces no significa que todas las personas puedan acceder a ellos. La industria farmacéutica se mueve en gran medida por la lógica del lucro. Las patentes, los monopolios y la fijación de precios convierten los medicamentos en mercancías de alto valor. Muchos tratamientos resultan prohibitivos para las mayorías pobres del planeta, y en los países empobrecidos mueren miles de niños y adultos por enfermedades que podrían curarse con medicinas de bajísimo costo.

Así, el derecho a la salud se transforma en privilegio. La ciencia descubrió la cura, pero el mercado decide quién merece recibirla y quién no. No se trata de un fallo accidental, sino de una estructura que prioriza la rentabilidad por encima de la vida. Cuando un adulto mayor o un niño muere porque no pudo pagar una medicina esencial, estamos ante una derrota ética de toda la civilización.

CAPÍTULO 4. TECNOLOGÍA Y NUEVAS FORMAS E EXCLUSI

Las tecnologías de la información y la comunicación, junto con la inteligencia artificial y la automatización, son otra expresión del enorme poder de la ciencia. Nunca fue tan fácil transmitir datos, compartir conocimientos, aprender a distancia o producir contenidos. Sin embargo, también en este terreno el acceso está distribuido de manera muy desigual.

La llamada brecha digital separa a quienes tienen conexión rápida, dispositivos modernos y competencias tecnológicas, de quienes apenas acceden a un teléfono básico o no tienen electricidad estable. El mundo se divide en sujetos hiperconectados que participan de la economía del conocimiento y grandes grupos humanos reducidos a consumidores pasivos o directamente excluidos del espacio digital.

En teoría, internet y las nuevas tecnologías podrían democratizar la cultura y el saber. En la práctica, las grandes plataformas concentran poder económico e informativo, y millones de personas siguen atrapadas en sistemas educativos pobres, con escasos recursos tecnológicos y sin oportunidades reales de aprovechar las herramientas creadas por la ciencia.

CAPÍTULO 5. EL SECUESTRO CORPORATIVO DEL CONOCIMIENTO

El conocimiento científico, que debería ser un patrimonio de la humanidad, se encuentra cada vez más privatizado. Las patentes sobre medicamentos, semillas, procesos industriales, algoritmos y dispositivos tecnológicos son utilizadas por grandes corporaciones para controlar mercados completos y para imponer condiciones a países y pueblos enteros. Lo que nació como esfuerzo colectivo de investigación termina guardado tras murallas legales y económicas.

Esta privatización del saber configura una nueva forma de dominio. Quien controla el conocimiento, controla la producción, la salud, la alimentación, la comunicación y hasta la forma en que las personas piensan y se relacionan. La ciencia se vuelve así un campo estratégico de disputa donde los intereses corporativos pesan más que las necesidades de la mayoría.

Hablar de “ciencia secuestrada” significa precisamente esto: una institución que podría estar al servicio de la vida, la justicia y la igualdad, termina subordinada a agendas de poder que la usan para ampliar ventajas, acumular riqueza y consolidar jerarquías.

CAPÍTULO 6. EL 1 % CONTRA LA ESPECIE HUMANA

La concentración extrema de la riqueza es otro de los grandes escándalos de nuestro tiempo. Diversos informes muestran que una pequeña élite acumula una porción gigantesca de los recursos económicos del planeta, mientras miles de millones de personas viven con ingresos muy bajos y sin protección social. Esta desigualdad no es un simple “desequilibrio”, sino una estructura profunda que organiza la vida social.

La ciencia y la tecnología participan en este proceso porque los sectores que controlan capital financiero son los mismos que controlan buena parte de la investigación aplicada, la industria militar, las telecomunicaciones y la economía digital. La combinación de ciencia, tecnología y capital sin regulación democrática genera un poder difícil de cuestionar y de limitar.

En este contexto, los avances científicos dejan de percibirse como conquistas compartidas de la humanidad y se experimentan como nuevas fuentes de inseguridad para quienes temen perder su empleo, su pequeña economía o su identidad cultural frente a una modernización que no los toma en cuenta.

CONCLUSIÓN GENERAL

La ciencia es, probablemente, la creación intelectual más poderosa de la historia humana. Ha ampliado el horizonte de lo posible y ha demostrado que el ser humano es capaz de comprender y transformar su entorno con una profundidad antes impensable. Sin embargo, el modelo civilizatorio vigente no ha estado a la altura de ese poder. El problema no reside en los descubrimientos científicos, sino en el uso social que se hace de ellos.

El hambre en un mundo de abundancia, la muerte por enfermedades curables, la desigualdad en el acceso a la tecnología y la concentración del conocimiento en pocas manos revelan que la ciencia está siendo instrumentalizada por un sistema económico que privilegia la acumulación sobre la dignidad humana. La ciencia, en sí misma, no tiene corazón; pero puede ponerse al servicio de un proyecto histórico ético, solidario y verdaderamente humano.

REFLEXIÓN FINAL

El desafío de nuestro tiempo no consiste en frenar la ciencia, sino en liberarla. Liberarla del secuestro corporativo, de la lógica del lucro absoluto, de la mercantilización de la vida y del dominio de una minoría que se beneficia desproporcionadamente del esfuerzo colectivo de investigadores, técnicos y pueblos enteros. La humanidad necesita recuperar la conducción ética del conocimiento que produce.

El futuro será más humano en la medida en que la ciencia se oriente a garantizar derechos, reducir sufrimientos evitables y ampliar la libertad real de las personas. De lo contrario, corremos el riesgo de vivir en un planeta tecnológicamente brillante pero moralmente oscuro, donde la desigualdad, el descarte y la violencia estructural sean el precio que paguemos por un progreso mal entendido.

La tarea está planteada: re-humanizar la ciencia, democratizar sus frutos y hacer de ella una herramienta al servicio de la vida y no de la ganancia. Solo así el progreso dejará de ser un privilegio para convertirse en una posibilidad verdaderamente compartida.


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