EL NIÑO QUE AÚN CAMINA DESCALZO: UNA REFLEXIÓN SOBRE EL VERDADERO SENTIDO DE LA NAVIDAD
POR: MSc. JOSÉ
ISRAEL VENTURA.
La Navidad es una de esas fechas que el tiempo y el
mercado han intentado vaciar de sentido, envolviéndola en luces, compras y
urgencias superficiales. Sin embargo, cuando se le despoja del ruido comercial,
la Navidad vuelve a revelarse como lo que realmente es: un llamado profundo al
reencuentro con nuestra humanidad más esencial.
La Navidad no es grande por los regalos que se compran,
sino por lo que se recuerda. No es valiosa por lo que se gasta, sino por lo que
se es capaz de dar desde dentro. En su significado más hondo, la Navidad nos
invita a reencontrarnos con ese niño que cada uno de nosotros lleva dentro: el
niño que aún sabe asombrarse, confiar, perdonar y soñar; el niño que no ha sido
endurecido del todo por la rutina, la frustración o el miedo.
El nacimiento simbólico del Niño en Belén no ocurrió en
un palacio ni en un lugar de privilegio. Ocurrió en un establo, en la
precariedad, en la marginalidad, en el abandono. Ese detalle no es anecdótico;
es profundamente revelador. Nos recuerda que lo verdaderamente sagrado suele
nacer lejos del poder, del lujo y de la comodidad. Ese Niño no pertenece a las
vitrinas, sino a la intemperie; no al exceso, sino a la necesidad.
Por eso, cuando hoy miramos a un niño descalzo en la
calle, a una persona hambrienta, a un trabajador agotado que llega sudado
después de una jornada extenuante, a quien se acerca con timidez a pedir ayuda,
no estamos viendo una “falla del sistema” únicamente: estamos viendo el rostro
vivo de ese Niño de Belén que sigue naciendo y siendo rechazado todos los días.
La Navidad nos confronta con esa verdad incómoda: no se
celebra en los discursos, sino en la forma en que miramos y tratamos al otro.
Celebrar la Navidad, entonces, no es un acto sentimental;
es un compromiso ético. Es permitir que ese Niño nazca en nosotros, no como
adorno religioso, sino como conciencia despierta. Es preguntarnos si somos
capaces de abrir espacio en nuestro corazón, como no lo hubo en la posada; si
somos capaces de compartir el pan, el tiempo, la escucha, la ternura; si somos
capaces de mirar al otro no como estorbo, sino como hermano.
Decir que la Navidad es para los niños no es reducirla a
juguetes o dulces. Es afirmar que la Navidad pertenece a la inocencia que aún
cree en la justicia, a la esperanza que no ha sido domesticada, a la dignidad
que se niega a rendirse. Es para los niños porque ellos encarnan lo que el
mundo adulto ha olvidado: que la vida vale más que el dinero, que la
solidaridad es más fuerte que el egoísmo y que la ternura es una forma de
resistencia.
En tiempos marcados por la desigualdad, la indiferencia y
la prisa, la Navidad nos recuerda que aún estamos a tiempo. A tiempo de
humanizarnos. A tiempo de volver a sentir. A tiempo de permitir que nazca en
nosotros ese Niño que no exige lujos, sino coherencia; no pide discursos, sino
gestos; no reclama templos, sino corazones abiertos.
Si la Navidad logra eso —aunque sea en una persona, en
una familia, en un acto sencillo de compasión—, entonces sigue teniendo sentido.
Porque mientras haya alguien dispuesto a reconocer al Niño en el rostro del
pobre, del cansado, del olvidado, la Navidad no habrá sido derrotada. Y ese,
quizá, sea su milagro más grande.
SAN SALVADOR, 14 DE DICIEMBRE DE 2025
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