lunes, 15 de diciembre de 2025

 



                  CUANDO LAS IDEOLOGÍAS FRACASAN Y LOS PUEBLOS EXIGEN RESULTADOS

POR: MSc. JOSA ISRAEL VENTURA.

Las recientes derrotas electorales de la izquierda en Chile, Bolivia, Ecuador y Honduras no son simples accidentes políticos ni producto de campañas mal diseñadas. Son la expresión clara de un agotamiento histórico.

Durante décadas, tanto la izquierda como la derecha gobernaron América Latina prometiendo cambios profundos, pero administrando —en la práctica— el mismo modelo excluyente que decían combatir.

En el siglo XXI, el problema ya no es ideológico. Los pueblos dejaron de preguntarse si un gobierno es de derecha o de izquierda. Hoy se preguntan algo mucho más simple y mucho más contundente: ¿Cumple o no cumple?

La experiencia ha sido amarga. Gobiernos de distinto signo político llegaron al poder proclamando que ahora sí gobernarían para los pobres. Sin embargo, una vez instalados, terminaron sirviendo a cúpulas económicas, élites políticas y grupos de poder, mientras las mayorías seguían atrapadas en la pobreza, la desigualdad y la corrupción estructural. Cambiaron los discursos, pero no los resultados.

Por eso el rechazo ciudadano no distingue colores. La derecha fracasó prometiendo desarrollo que nunca llegó a los barrios populares. La izquierda fracasó prometiendo justicia social que se perdió entre burocracias, clientelismo y escándalos de corrupción. El saldo ha sido el mismo: promesas incumplidas, frustración social y un profundo desencanto con la política tradicional.

El discurso también se agotó. Durante años se repitieron consignas grandilocuentes, se fabricaron enemigos externos y se apeló a relatos épicos que no lograron ocultar la realidad cotidiana: inseguridad, desempleo, servicios públicos deficientes y Estados incapaces de garantizar lo mínimo. La ciudadanía comprendió que las palabras no resuelven problemas, y comenzó a exigir coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

En este contexto, muchos se preguntan por qué el presidente de El Salvador mantiene altos niveles de respaldo popular. La respuesta no está en la propaganda ni en una etiqueta ideológica. Está en una decisión política concreta: romper con la lógica tradicional del discurso vacío.

Se quitó la camiseta de la oligarquía y asumió —con hechos— la del pueblo. Abandonó la dicotomía estéril entre derecha e izquierda y optó por una lógica simple: hacer antes que prometer.

El combate frontal contra la delincuencia y las estructuras criminales, tema que durante décadas fue utilizado solo como bandera electoral, se tradujo en acciones concretas. La reducción de la violencia tuvo un impacto inmediato en la vida diaria de la población, especialmente de los sectores más pobres, históricamente abandonados por el Estado. Ese cambio tangible explica, en buena medida, el respaldo ciudadano.

También ha sido claro en su postura frente a organismos internacionales y discursos de derechos humanos desconectados de la realidad local. Se puede debatir el enfoque, pero no se puede negar el mensaje: la prioridad es responder a las demandas internas de seguridad, orden y dignidad, no a la comodidad del discurso externo.

Hoy, la legitimidad política ya no se construye con ideología, sino con resultados. Los pueblos observan, comparan y evalúan. Saben quién gobierna para ellos y quién gobierna para las élites. Saben quién actúa y quién se refugia en excusas ideológicas para justificar su ineficacia.

Las derrotas electorales recientes no son un giro conservador ni una conspiración internacional. Son un llamado de atención contundente: la política que no cumple, cae. Derecha o izquierda, da lo mismo. El pueblo ya no compra discursos; exige hechos.

Quien no entienda esta nueva realidad seguirá sumando derrotas. Porque en esta etapa histórica, gobernar ya no es prometer, es cumplir.

 

San Salvador, 15 de diciembre de 2025

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