CUANDO LAS IDEOLOGÍAS FRACASAN Y LOS PUEBLOS EXIGEN RESULTADOS
POR: MSc. JOSA ISRAEL VENTURA.
Las recientes derrotas electorales de la izquierda en
Chile, Bolivia, Ecuador y Honduras no son simples accidentes políticos ni
producto de campañas mal diseñadas. Son la expresión clara de un agotamiento
histórico.
Durante décadas, tanto la izquierda como la derecha
gobernaron América Latina prometiendo cambios profundos, pero administrando —en
la práctica— el mismo modelo excluyente que decían combatir.
En el siglo XXI, el problema ya no es ideológico. Los
pueblos dejaron de preguntarse si un gobierno es de derecha o de izquierda. Hoy
se preguntan algo mucho más simple y mucho más contundente: ¿Cumple o no
cumple?
La experiencia ha sido amarga. Gobiernos de distinto
signo político llegaron al poder proclamando que ahora sí gobernarían para los
pobres. Sin embargo, una vez instalados, terminaron sirviendo a cúpulas
económicas, élites políticas y grupos de poder, mientras las mayorías seguían
atrapadas en la pobreza, la desigualdad y la corrupción estructural. Cambiaron
los discursos, pero no los resultados.
Por eso el rechazo ciudadano no distingue colores. La
derecha fracasó prometiendo desarrollo que nunca llegó a los barrios populares.
La izquierda fracasó prometiendo justicia social que se perdió entre
burocracias, clientelismo y escándalos de corrupción. El saldo ha sido el
mismo: promesas incumplidas, frustración social y un profundo desencanto con la
política tradicional.
El discurso también se agotó. Durante años se repitieron
consignas grandilocuentes, se fabricaron enemigos externos y se apeló a relatos
épicos que no lograron ocultar la realidad cotidiana: inseguridad, desempleo,
servicios públicos deficientes y Estados incapaces de garantizar lo mínimo. La
ciudadanía comprendió que las palabras no resuelven problemas, y comenzó a
exigir coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
En este contexto, muchos se preguntan por qué el
presidente de El Salvador mantiene altos niveles de respaldo popular. La
respuesta no está en la propaganda ni en una etiqueta ideológica. Está en una
decisión política concreta: romper con la lógica tradicional del discurso
vacío.
Se quitó la camiseta de la oligarquía y asumió —con
hechos— la del pueblo. Abandonó la dicotomía estéril entre derecha e izquierda
y optó por una lógica simple: hacer antes que prometer.
El combate frontal contra la delincuencia y las
estructuras criminales, tema que durante décadas fue utilizado solo como
bandera electoral, se tradujo en acciones concretas. La reducción de la
violencia tuvo un impacto inmediato en la vida diaria de la población,
especialmente de los sectores más pobres, históricamente abandonados por el
Estado. Ese cambio tangible explica, en buena medida, el respaldo ciudadano.
También ha sido claro en su postura frente a organismos
internacionales y discursos de derechos humanos desconectados de la realidad
local. Se puede debatir el enfoque, pero no se puede negar el mensaje: la
prioridad es responder a las demandas internas de seguridad, orden y dignidad,
no a la comodidad del discurso externo.
Hoy, la legitimidad política ya no se construye con
ideología, sino con resultados. Los pueblos observan, comparan y evalúan. Saben
quién gobierna para ellos y quién gobierna para las élites. Saben quién actúa y
quién se refugia en excusas ideológicas para justificar su ineficacia.
Las derrotas electorales recientes no son un giro
conservador ni una conspiración internacional. Son un llamado de atención
contundente: la política que no cumple, cae. Derecha o izquierda, da lo mismo.
El pueblo ya no compra discursos; exige hechos.
Quien no entienda esta nueva realidad seguirá sumando
derrotas. Porque en esta etapa histórica, gobernar ya no es prometer, es
cumplir.
San Salvador, 15 de diciembre de 2025
No hay comentarios:
Publicar un comentario