lunes, 8 de diciembre de 2025

 


                         FINLANDIA COMO ESPEJO: EDUCACIÓN, EQUIDAD Y REALIDAD SOCIAL                                                                            EN EL SALVADOR

POR: MSc. JOSÈ ISRAEL VENTRURA.

INTRODUCCIÓN

En los últimos días, la noticia de que El Salvador adoptaría el llamado modelo educativo finlandés ha generado una ola de entusiasmo, expectativas y también de interrogantes legítimas en amplios sectores de la sociedad. Para muchos, Finlandia representa un paradigma de éxito educativo; para otros, la noticia despierta dudas razonables sobre la viabilidad real de trasladar un sistema nacido en condiciones históricas, económicas y culturales radicalmente distintas a las nuestras. En medio de este escenario, resulta imprescindible abandonar el terreno de la propaganda fácil y entrar en el análisis serio, crítico y responsable.

El sistema educativo de Finlandia ha sido exaltado durante décadas como uno de los mejores del mundo debido a sus altos niveles de equidad, calidad, inclusión y bienestar estudiantil. Sin embargo, reducir su éxito a simples métodos pedagógicos o a fórmulas didácticas es una simplificación peligrosa. El modelo finlandés no es únicamente una forma de enseñar: es la expresión educativa de un proyecto de país cimentado en un sólido Estado de bienestar, una fuerte inversión social, una alta profesionalización docente, una baja desigualdad estructural y una cultura de confianza institucional que tardó más de medio siglo en consolidarse.

Por ello, hablar de “adoptar el modelo finlandés” sin revisar, al mismo tiempo, las profundas desigualdades económicas, las limitaciones presupuestarias, la fragilidad histórica de las políticas públicas, la precarización del magisterio y el contexto social marcado por la violencia, la migración forzada y la pobreza estructural, puede convertirse fácilmente en un acto de ingenuidad política o, peor aún, en una estrategia discursiva de alto impacto mediático, pero bajo contenido transformador.

La educación no existe en el vacío. Está íntimamente ligada al modelo económico, al tipo de Estado, a la cultura política, al grado de cohesión social y a la ética pública de una nación. Pretender importar un sistema educativo sin transformar simultáneamente estas condiciones de fondo equivale a colocar un techo europeo sobre cimientos centroamericanos llenos de grietas históricas. El riesgo no es solo el fracaso técnico de la reforma, sino también la frustración social que se produce cuando se prometen transformaciones profundas sin tocar las raíces reales del problema.

En El Salvador, durante décadas, la educación ha sido objeto de discursos grandilocuentes, reformas parciales, improvisaciones curriculares y ensayos fragmentados que rara vez han sido pensados como una verdadera política de Estado de largo plazo. Los cambios de gobierno han traído consigo cambios de programas, enfoques y prioridades, sin continuidad estructural ni evaluación seria de impacto. En ese contexto, la referencia al modelo finlandés corre el peligro de convertirse en una nueva etiqueta atractiva que oculte la persistencia de viejos vicios: desigualdad territorial, baja inversión sostenida, infraestructura deficiente, sobrecarga administrativa docente y escasa participación crítica del magisterio en las grandes decisiones educativas.

Este ensayo parte, por tanto, de una postura clara: Finlandia no es una receta exportable, sino una experiencia histórica de la cual se puede aprender críticamente. No se trata de copiar modelos, sino de comprender principios; no de imitar estructuras, sino de construir procesos propios; no de reproducir discursos, sino de generar compromisos reales con la transformación social. El verdadero desafío no es parecerse a Finlandia en el discurso oficial, sino atreverse a transformar las condiciones estructurales que han mantenido a la educación salvadoreña atrapada entre la precariedad, la desigualdad y la instrumentalización política.

Desde esta perspectiva, el presente ensayo se propone analizar, con rigor crítico, las características fundamentales del modelo finlandés, sus bondades reales, sus límites y, sobre todo, las posibilidades objetivas y los riesgos de intentar aplicarlo en el contexto salvadoreño. El propósito no es desalentar la aspiración al cambio, sino advertir que toda transformación educativa auténtica exige coherencia entre el discurso pedagógico y la realidad social que lo sostiene. De lo contrario, la educación seguirá siendo, una vez más, la promesa incumplida de un país que dice querer cambiar, pero que aún no se atreve a tocar las estructuras que lo impiden.

I. EL MODELO EDUCATIVO FINLANDÉS: ORIGEN, FUNDAMENTOS Y FILOSOFÍA SOCIAL

Hablar del modelo educativo de Finlandia sin conocer su origen histórico es caer en una visión superficial. Su sistema no nació de la noche a la mañana ni como resultado de una simple reforma técnica. Es el fruto de un proyecto político, social y cultural de largo plazo, impulsado desde la década de 1970, cuando el Estado finlandés decidió apostar estratégicamente por la educación como motor central del desarrollo humano, la equidad social y la cohesión nacional.

Antes de esa transformación, Finlandia no era el país ejemplo que hoy se presenta en los rankings internacionales. Durante buena parte del siglo XX fue una nación rural, con pobreza, desigualdad territorial y bajos niveles educativos. La decisión histórica que cambió su rumbo fue entender que la educación no debía servir solo para formar mano de obra, sino para construir ciudadanía, pensamiento crítico y justicia social. Desde entonces, cada reforma educativa ha sido pensada como política de Estado, no como política de gobierno.

1. Educación como derecho, no como mercancía

Uno de los pilares fundamentales del modelo finlandés es que la educación es un derecho social garantizado plenamente por el Estado, desde la educación inicial hasta la universidad. No se concibe como un negocio, ni como un privilegio, ni como un servicio condicionado por la capacidad económica de las familias. Todo el sistema está diseñado para que ningún niño, niña o joven quede fuera por razones de pobreza, discapacidad, lugar de residencia o condición social.

Esta concepción choca de frente con la lógica predominante en muchos países de América Latina, donde la educación ha sido convertida progresivamente en una mercancía: quien puede paga por una mejor escuela; quien no puede, se resigna a una educación de baja calidad. En Finlandia, esa brecha fue cerrada deliberadamente por el Estado: la escuela pública es la mejor escuela.

Este principio tiene una consecuencia ética profunda: no hay estudiantes de primera y de segunda categoría. Todos son sujetos de derecho, no clientes del sistema ni cifras para el marketing político.

 LA EQUIDAD COMO COLUMNA VERTEBRAL DEL SISTEMA

A diferencia de los modelos basados en la competencia extrema, los premios, los castigos y la selección temprana, Finlandia construyó su sistema sobre la equidad. Esto significa que el Estado invierte más recursos donde hay más necesidades, no donde hay más prestigio.

Las diferencias entre escuelas son mínimas. No existen centros “de élite” financiados por el Estado ni guetos escolares abandonados. La calidad está distribuida territorialmente de forma bastante equilibrada. Esta lógica rompe con una idea muy extendida en nuestros países: que la desigualdad educativa es algo “natural” o “inevitable”.

En Finlandia se entiende que la desigualdad educativa es una injusticia social que el Estado tiene la obligación de corregir, no de administrar.

3. El docente como eje del sistema, no como ejecutor pasivo

Otro fundamento esencial es la alta profesionalización del magisterio. En Finlandia, el docente no es visto como un simple aplicador de programas impuestos desde arriba, sino como un profesional de alto nivel académico, con autonomía, criterio pedagógico y responsabilidad social.

Para ejercer como maestro se exige una formación universitaria rigurosa, generalmente a nivel de maestría. Pero más importante aún: al docente se le respeta, se le escucha y se confía en él. No se le persigue con amenazas, no se le ahoga en trámites administrativos absurdos, no se le trata como sospechoso permanente.

Esta diferencia es crucial. En sistemas frágiles, como el de El Salvador, el docente suele ser responsabilizado de todos los fracasos educativos, mientras se le niegan las condiciones materiales, salariales, emocionales y profesionales para realizar bien su trabajo. En Finlandia ocurre exactamente lo contrario: se confía primero, se controla después solo cuando es necesario.

4. Menos exámenes, más aprendizaje real

El modelo finlandés desmonta uno de los mitos más arraigados de los sistemas educativos tradicionales: que más exámenes producen mejor educación. Allí no existen pruebas estandarizadas anuales de alto impacto como mecanismo de presión. La evaluación es continua, formativa y orientada a mejorar, no a humillar ni a clasificar.

Esto reduce significativamente la ansiedad escolar, el estrés infantil y la lógica del “estudiar solo para pasar”. Se estudia para comprender, no para memorizar mecánicamente. Se aprende para la vida, no para rellenar hojas de respuesta.

5. La infancia como etapa sagrada del desarrollo humano

Una de las grandes fortalezas del modelo finlandés es su enfoque en la educación inicial. Antes de los siete años, la prioridad no es la acumulación de contenidos, sino el desarrollo emocional, social, creativo y motor del niño. El juego, la exploración, la convivencia y la curiosidad son los ejes centrales.

Aquí se rompe otro mito latinoamericano: que entre más temprano y más duro se presione al niño, mejor será su rendimiento futuro. Finlandia demuestra exactamente lo contrario: los niños que juegan más y son menos presionados en la infancia terminan teniendo mejores resultados académicos y humanos en la adultez.

6. Educación, bienestar y dignidad humana

El sistema educativo finlandés está integrado a una red amplia de protección social: alimentación gratuita, atención médica, apoyo psicológico, transporte escolar y atención a necesidades especiales. El aprendizaje no se separa de la dignidad material del estudiante.

Este punto es clave para el debate salvadoreño: no se puede exigir alto rendimiento en niños que llegan con hambre, miedo, cansancio y carencias emocionales profundas. Sin bienestar no hay aprendizaje real; solo hay sobrevivencia escolar.

Cierre crítico del apartado

El modelo educativo finlandés no es exitoso porque use tabletas, pizarras digitales o metodologías de moda. Es exitoso porque está sustentado en una estructura social justa, un Estado fuerte, una ética pública sólida y un profundo respeto por la dignidad humana.

Pretender imitar superficialmente sus métodos sin tocar estas bases estructurales sería una ilusión peligrosa. El verdadero reto para El Salvador no es copiar a Finlandia, sino atreverse a construir, desde su propia realidad, un sistema educativo que priorice la equidad, el bienestar, el pensamiento crítico y la justicia social por encima del espectáculo político y la improvisación reformista.

II. LAS BONDADES REALES DEL MODELO FINLANDÉS Y SUS APORTES POSIBLES PARA EL SALVADOR

Hablar de las bondades del modelo educativo finlandés no significa idealizarlo ni convertirlo en un mito intocable. Todo sistema tiene límites y contradicciones. Sin embargo, es innegable que Finlandia ha logrado articular una serie de fortalezas estructurales que han sostenido, durante décadas, una educación con altos niveles de calidad, equidad y bienestar humano. Analizar estas bondades permite identificar qué elementos podrían ser inspiradores y adaptables en un país como El Salvador, sin caer en la copia mecánica ni en el espejismo del éxito importado.

1. La equidad como valor concreto, no como discurso vacío

Una de las mayores bondades del modelo finlandés es que la equidad no es solo un discurso político, sino una práctica sistemática del Estado. En Finlandia, las escuelas que atienden a población en situación de mayor vulnerabilidad reciben más recursos, más apoyo profesional y más acompañamiento institucional. No se castiga a las escuelas pobres por ser pobres; se las fortalece.

En contraste, en muchos países latinoamericanos —incluido El Salvador— sucede lo contrario: las escuelas con menos recursos suelen ser las más exigidas, las más fiscalizadas y, paradójicamente, las menos apoyadas. Se les evalúa con los mismos parámetros que a centros con condiciones infinitamente mejores, reproduciendo así un círculo vicioso de exclusión.

Si El Salvador lograra asumir la equidad como un principio operativo y no solo como una consigna, se daría un paso histórico para romper la herencia de desigualdad educativa que se transmite de generación en generación.

2. La dignificación real del magisterio

Otra gran fortaleza del modelo finlandés es la dignificación auténtica del docente, no solo en el discurso, sino en las condiciones concretas de su formación y su trabajo. El maestro finlandés no es visto como un empleado subordinado a órdenes burocráticas sin sentido, sino como un intelectual de la pedagogía, un profesional de alta responsabilidad social.

Esto tiene efectos profundos:

·         Eleva la autoestima profesional.

·         Fortalece el compromiso ético.

·         Incrementa la calidad de la práctica educativa.

·         Reduce el desgaste emocional y el abandono de la carrera docente.

En El Salvador, por el contrario, el magisterio ha sido históricamente golpeado por bajos salarios, sobrecarga administrativa, desconfianza institucional y, en muchos casos, criminalización simbólica. Adoptar el enfoque finlandés en este punto implicaría una ruptura cultural profunda: pasar de controlar al docente a confiar en él; de imponerle, a formarlo; de sospechar, a respaldar.

Sin una verdadera revalorización del magisterio, toda reforma educativa está condenada al fracaso.

3. El bienestar como condición del aprendizaje

El modelo finlandés parte de una verdad sencilla, pero revolucionaria: un niño con hambre, miedo, ansiedad o abandono emocional no puede aprender de manera plena. Por eso, el sistema educativo está articulado con una red de bienestar que incluye alimentación escolar, atención médica, apoyo psicológico, transporte gratuito y atención a necesidades especiales.

Esta concepción debería resultar especialmente significativa para El Salvador, un país donde miles de estudiantes:

·         llegan a la escuela sin desayunar,

·         viven en contextos de violencia,

·         cargan con traumas familiares,

·         trabajan desde muy pequeños,

·         enfrentan migración forzada de sus padres.

Si el Estado no asume el bienestar integral del estudiante como parte de su responsabilidad educativa, la escuela seguirá siendo un lugar de resistencia, no de desarrollo humano.

4. Aprender para la vida, no solo para aprobar exámenes

Una bondad sustancial del sistema finlandés es su ruptura con el modelo tradicional de enseñanza memorística, repetitiva y basada en la presión constante de los exámenes. Allí se aprende para comprender, para resolver problemas, para convivir, para crear y para pensar críticamente.

Esto genera estudiantes:

·         con mayor autonomía intelectual,

·         con mejor capacidad de análisis,

·         con mayor disposición para el trabajo cooperativo,

·         con menor miedo al error.

En El Salvador, en cambio, el sistema sigue atrapado en una pedagogía del miedo: miedo a reprobar, miedo a equivocarse, miedo a pensar distinto. El resultado ha sido una educación que muchas veces domestica más de lo que libera.

Adoptar una pedagogía más humana, activa y reflexiva no solo elevaría el nivel académico, sino también la calidad democrática de la sociedad.

5. La escuela como espacio de dignidad, no de castigo

En Finlandia, la escuela no se concibe como una cárcel del saber, sino como un espacio de convivencia, respeto y crecimiento. Las aulas no están dominadas por el grito, el castigo ni la humillación. La disciplina no se impone por miedo, sino por responsabilidad compartida.

Este enfoque tiene un valor político profundo: forma ciudadanos libres, no súbditos obedientes. Enseña a convivir en democracia antes de hablar de democracia.

En sociedades marcadas por la violencia estructural, como la salvadoreña, transformar la escuela en un espacio de paz real —y no solo discursiva— es una de las tareas más urgentes y difíciles.

6. Educación y proyecto de nación

Quizá la mayor bondad del modelo finlandés es que la educación no ha sido utilizada como instrumento de propaganda electoral, sino como eje de un proyecto de nación. Los gobiernos cambian, pero la política educativa se mantiene con ajustes graduales, evaluados técnicamente y no según intereses partidarios.

En El Salvador, lamentablemente, la educación ha sido utilizada durante décadas como herramienta de legitimación política: cada gobierno promete la gran reforma, borra lo anterior, improvisa lo nuevo y parte de cero otra vez. Sin continuidad histórica, no hay sistema educativo que resista.

Cierre crítico del apartado

Las bondades del modelo finlandés no son productos milagrosos ni recetas pedagógicas aisladas. Son el resultado de una coherencia profunda entre educación, Estado, economía, ética pública y dignidad humana.

El desafío para El Salvador no es admirar desde fuera este modelo, sino preguntarse con seriedad:

¿Estamos dispuestos a tocar las estructuras que impiden que nuestra educación sea verdaderamente equitativa, humana y liberadora?

Si la respuesta es no, entonces cualquier intento de “adoptar el modelo finlandés” será solo una ilusión bien maquillada. Si la respuesta es sí, entonces el camino será largo, difícil, conflictivo… pero históricamente necesario.

III. LOS LÍMITES ETRUCTURALES DE APLICAR EL MODELO FINLANDÉS EN EL SALVADOR

El entusiasmo que ha generado la noticia sobre la posible adopción del modelo educativo finlandés en El Salvador debe ser acompañado, obligatoriamente, por un análisis honesto de los límites estructurales que enfrenta el país. No se trata de oponerse al cambio por principio, sino de evitar que la ilusión sustituya a la planificación seria. Las transformaciones educativas profundas no fracasan por falta de discursos, sino por ignorar las condiciones materiales, sociales, económicas y políticas en las que deben operar.

1. El límite económico: sin inversión sostenida no hay reforma real

Uno de los mayores obstáculos para replicar siquiera parcialmente el modelo de Finlandia es el factor económico. Finlandia sostiene su sistema educativo sobre una alta inversión pública por estudiante, respaldada por una política fiscal fuerte, progresiva y estable. Esto permite garantizar:

·         Escuelas bien equipadas,

·         Infraestructura digna,

·         Alimentación escolar universal,

·         Atención médica y psicológica,

·         Formación docente de alto nivel,

·         Investigación educativa permanente.

En El Salvador, la inversión educativa ha sido históricamente insuficiente, inestable y condicionada por ciclos políticos. Pretender un salto de calidad sin una reforma fiscal estructural es construir castillos sobre arena.

No se puede exigir educación de primer mundo con presupuestos de sobrevivencia.

La educación no mejora por voluntad moral; mejora cuando se le asignan recursos reales, constante y transparentemente administrados.

2. El límite social: pobreza, violencia y desigualdad estructural

El modelo finlandés se sostiene sobre una sociedad con:

·         Bajos niveles de pobreza,

·         Alta cohesión social,

·         Baja violencia,

·         Fuertes redes de protección social,

·         Confianza ciudadana en las instituciones.

El Salvador, por el contrario, arrastra heridas históricas profundas:

·         Exclusión social crónica,

·         Violencia estructural,

·         Migración forzada,

·         Fragmentación familiar,

·         Desigualdades territoriales extremas.

Estas condiciones impactan directamente en el aula. Miles de estudiantes no solo llegan con cuadernos, sino con miedo, trauma, hambre, cansancio y carencias afectivas. En este contexto, pedir resultados similares a los de Finlandia sin atender estas realidades es pedagógicamente injusto y éticamente irresponsable.

La educación no puede ir más rápido que la justicia social, porque cuando lo intenta, termina reproduciendo la desigualdad que dice combatir.

3. El límite institucional: fragilidad del Estado y discontinuidad histórica

El modelo finlandés es fruto de un Estado fuerte, estable y confiable. Sus reformas educativas se han mantenido por décadas con mínima interferencia partidaria. En cambio, El Salvador ha vivido:

·         Reformas educativas inconclusas,

·         Cancelación de programas cada cambio de gobierno,

·         Ausencia de evaluación técnica profunda,

·         Politización constante de la educación.

Aquí cada administración inicia “su propia” reforma, borra lo anterior y presenta el cambio como un logro personal. Sin continuidad institucional, no hay sistema educativo que sobreviva, por muy buena que sea la inspiración extranjera.

El riesgo es claro: que el modelo finlandés sea utilizado como slogan político, no como política de Estado.

4. El límite del magisterio precarizado

Otro muro estructural es la situación real del magisterio salvadoreño. Mientras en Finlandia el docente es formado durante años con altos estándares académicos, en El Salvador muchos maestros:

·         Se forman en condiciones universitarias débiles,

·         Carecen de acompañamiento pedagógico real,

·         Enfrentan salarios insuficientes,

·         Son sobrecargados con tareas administrativas,

·         Trabajan en ambientes de estrés y desprotección.

No se puede exigir innovación, pensamiento crítico, metodologías activas y formación integral cuando el docente lucha por sobrevivir material y emocionalmente.

Sin dignificación real del magisterio, cualquier modelo educativo muere en el papel.

5. El límite cultural: autoritarismo escolar y pedagogía del miedo

El modelo finlandés se sostiene en una cultura de confianza, donde el estudiante es sujeto de derecho, no objeto de control. En El Salvador aún predomina, en muchos centros, una cultura autoritaria:

·         Grito como método,

·         Castigo como estrategia,

·         Miedo como disciplina,

·         Memorización como evaluación.

No basta con cambiar programas de estudio si no se transforma esta cultura pedagógica profundamente arraigada. Copiar métodos finlandeses sin desmontar esta mentalidad solo provocaría choques, frustraciones y simulaciones.

6. El límite político: educación usada como herramienta de propaganda

En Finlandia, la educación es un proyecto nacional. En El Salvador ha sido, con demasiada frecuencia, un instrumento de legitimación política. Se anuncian grandes reformas, se prometen cambios espectaculares, se publicitan logros, pero pocas veces se construyen procesos sostenidos.

El peligro es que el “modelo finlandés” se convierta en:

·         una etiqueta atractiva,

·         un recurso mediático,

·         una bandera de campaña,

·         y no en una transformación estructural.

·         Cuando la educación se convierte en propaganda, deja de ser liberación.

Cierre crítico del apartado

Los límites para aplicar el modelo finlandés en El Salvador no son técnicos, sino estructurales, sociales, económicos, culturales y políticos.

No es que el país no pueda aspirar a una educación de alta calidad; es que no puede lograrla sin transformar primero las condiciones que históricamente han hecho de la educación un espacio de sobrevivencia y no de plenitud humana.

Esto conduce a una conclusión ineludible:

no basta con importar un modelo; es necesario reconstruir las bases del país que lo sostendría.

IV. ¿QUÉ SÍ SE PUEDE ADAPTAR DEL MODELO FINLANDÉS A LA REALIDAD SALVADOREÑA?

Aceptar que el modelo educativo de Finlandia no puede ser copiado mecánicamente en El Salvador no significa renunciar a aprender de él. Todo lo contrario: la verdadera innovación consiste en saber traducir principios universales a realidades concretas. En este sentido, existen elementos del enfoque finlandés que sí pueden adaptarse, de manera progresiva, crítica y realista, si se abandona la improvisación y se apuesta por un proyecto educativo de largo plazo.

1. Cambiar la lógica de la reforma: de medidas aisladas a procesos sostenidos

Uno de los aprendizajes más importantes de Finlandia no es pedagógico, sino político: la educación no se transforma con parches, sino con procesos acumulativos. El Salvador podría comenzar por algo fundamental:

·         Establecer una política educativa de Estado, con vigencia mínima de 20 años.

·         Blindar los grandes acuerdos educativos del vaivén electoral.

1.       Evaluar las reformas con criterios técnicos y no propagandísticos.

Esto no requiere copiar un solo método finlandés, sino superar la cultura de la reforma improvisada que ha debilitado históricamente nuestro sistema.

2. Reorientar la evaluación: menos castigo, más acompañamiento

Una de las adaptaciones más urgentes es el cambio en la cultura de evaluación. No se necesita un gran presupuesto para comenzar a transformar esto:

·         Reducir el peso de las pruebas punitivas.

·         Fortalecer la evaluación formativa.

·         Valorar procesos de aprendizaje, no solo resultados numéricos.

·         Usar el error como oportunidad pedagógica, no como humillación pública.

Este cambio tendría un impacto inmediato en:

·         La salud mental estudiantil,

·         La relación docente–estudiante,

·         La motivación por aprender,

·         La permanencia escolar.

Aquí Finlandia no aporta una receta técnica, sino una ética de la evaluación profundamente humana.

3. Recuperar la dignidad pedagógica del docente

Si algo puede y debe adaptarse con urgencia es el giro en el trato al magisterio. No hace falta convertir de inmediato todas las carreras docentes en maestrías, pero sí se puede:

·         Reducir la carga administrativa absurda.

·         Fortalecer la formación continua con acompañamiento real en el aula.

·         Crear espacios de investigación pedagógica escolar.

·         Reconocer al docente como sujeto pensante, no como ejecutor pasivo.

Este punto no depende tanto de recursos económicos como de voluntad política y cambio de mentalidad institucional. Sin este giro, toda reforma seguirá siendo vertical, autoritaria y frágil.

4. Poner el bienestar del estudiante en el centro

Sin copiar el Estado de bienestar finlandés en su totalidad, El Salvador sí podría priorizar acciones mínimas pero estratégicas:

·         Fortalecer la alimentación escolar como política educativa, no como asistencialismo.

·         Garantizar atención psicoemocional en las escuelas con mayor vulnerabilidad.

·         Proteger el tiempo de recreo, el juego y la expresión artística.

·         Diseñar jornadas escolares que respeten los ritmos humanos del niño y del joven.

·         Esto no es un lujo nórdico: es una condición básica para que exista aprendizaje real.

5. Transformar la pedagogía de la obediencia en pedagogía del pensamiento

Una de las mayores herencias negativas del sistema educativo salvadoreño es la pedagogía del miedo, la repetición y el silencio. De Finlandia se puede adaptar el enfoque que promueve:

·         Aprendizaje basado en proyectos.

·         Trabajo colaborativo.

·         Integración de asignaturas.

·         Resolución de problemas reales del entorno.

·         Producción de conocimiento, no solo consumo de información.

Esto puede comenzar con experiencias piloto bien acompañadas, sin necesidad de imponerlo de forma forzada a todo el sistema.

6. Iniciar con escuelas piloto verdaderas, no vitrinas mediáticas

Finlandia nunca construyó su sistema desde “escuelas modelo de propaganda”, sino desde una red pública fortalecida progresivamente. El Salvador podría adaptar esta idea mediante:

Escuelas piloto en zonas urbanas, rurales y de alta vulnerabilidad.

Equipos docentes seleccionados por compromiso pedagógico, no por afinidad política.

Evaluaciones cualitativas de los procesos, no solo resultados en pruebas.

El objetivo no sería exhibir éxitos rápidos, sino aprender de los errores y construir desde la experiencia real.

7. Construir una narrativa educativa honesta con la población

Una de las adaptaciones más urgentes no es pedagógica, sino comunicacional:

decir la verdad sobre los tiempos de la educación.

El país debe entender que:

·         La educación no produce milagros inmediatos.

·         Los resultados se ven en generaciones, no en meses.

·         Las transformaciones profundas implican conflictos, resistencias y ajustes.

·         Esta honestidad evitaría la frustración social y el descrédito de las reformas futuras.

Cierre crítico del apartado

Lo que sí se puede adaptar del modelo finlandés no son sus edificios, ni sus pizarras digitales, ni sus muebles modernos. Lo que realmente se puede y debe adaptar es su filosofía educativa: equidad real, dignidad docente, bienestar del estudiante, evaluación humana, pensamiento crítico y continuidad histórica.

El problema no es técnico, es político y ético:

·         ¿Queremos una educación para formar ciudadanos libres o solo mano de obra dócil?

·         De esa respuesta depende si la inspiración finlandesa será una semilla transformadora o un simple adorno discursivo.

V. CONCLUSIONES CRÍTICAS: ENTRE LA ESPERANZA, LA PROPAGANDA Y LA RESPONSABILIDAD HISTÓRICA

El anuncio de que El Salvador tomaría como referencia el modelo educativo de Finlandia abre, sin duda, un escenario cargado de expectativas. Para amplios sectores de la población, golpeados por décadas de precariedad educativa, la sola mención de Finlandia despierta esperanza. Pero la esperanza, cuando no se acompaña de verdad, de planificación seria y de voluntad estructural de cambio, puede convertirse rápidamente en frustración colectiva.

Este ensayo ha intentado demostrar que el éxito educativo finlandés no es un milagro pedagógico, ni una casualidad cultural, ni un simple paquete de metodologías innovadoras. Es el resultado de un proyecto histórico de nación que puso la educación en el centro de su desarrollo durante décadas, respaldado por un Estado fuerte, una política fiscal coherente, una ética pública sólida y una cultura de equidad real. Ese es el verdadero secreto que rara vez se menciona en los anuncios oficiales.

La gran pregunta de fondo no es si El Salvador puede “copiar” a Finlandia. Esa pregunta ya está mal formulada. La pregunta correcta es mucho más incómoda y profunda:

¿estamos dispuestos, como sociedad y como Estado, a transformar las estructuras que históricamente han producido exclusión, desigualdad, precarización docente y abandono estudiantil?

Porque si esa transformación no ocurre, cualquier intento de adaptación del modelo finlandés estará condenado a convertirse en una reforma superficial, adornada con un discurso moderno, pero sostenida sobre los mismos cimientos viejos de siempre.

La experiencia histórica salvadoreña es clara: la educación ha sido utilizada demasiadas veces como instrumento de propaganda política, como vitrina de logros rápidos, como mercancía electoral. Cada gobierno anuncia grandes cambios, pero pocos construyen procesos duraderos. Así, la educación ha caminado a trompicones, entre planes inconclusos, reformas fragmentadas y promesas recicladas. En ese contexto, el “modelo finlandés” corre el riesgo de convertirse en un nuevo eslogan si no se rompe, de una vez por todas, con esa lógica de simulación.

Este ensayo sostiene, sin ambigüedades, que sí es posible aprender de Finlandia, pero solo bajo ciertas condiciones históricas ineludibles:

Si la educación deja de ser botín partidario y se convierte en política de Estado.

Si el magisterio deja de ser culpabilizado y pasa a ser dignificado real y estructuralmente.

Si el bienestar del estudiante se asume como condición de aprendizaje y no como caridad.

Si la evaluación deja de ser castigo y se transforma en acompañamiento.

Si la escuela deja de ser fábrica de obediencia y se convierte en espacio de pensamiento crítico.

Si el país acepta que los verdaderos resultados educativos se miden en generaciones, no en periodos de gobierno.

De lo contrario, el discurso de la reforma educativa seguirá siendo una vitrina sin fondo, una promesa sin raíces, una modernización sin justicia.

La inspiración finlandesa solo tendrá sentido si se transforma en un espejo incómodo que obligue a El Salvador a mirarse con honestidad: a reconocer sus desigualdades históricas, su deuda con la niñez, su abandono del magisterio, su fragilidad institucional y su costumbre de confundir cambio con propaganda.

En última instancia, el problema no es Finlandia. El problema es qué tipo de país queremos construir y para quién queremos que sirva la educación.

Si la educación se concibe como herramienta de movilidad social, dignidad humana y emancipación intelectual, entonces cualquier modelo que se estudie —finlandés o de cualquier otra latitud— será solo un medio, nunca un fin.

Pero si la educación se sigue concibiendo como mecanismo de control, domesticación o legitimación política, ningún modelo, por exitoso que sea en otros contextos, podrá salvarnos de repetir nuestros propios fracasos.

Aquí radica la verdadera responsabilidad histórica de este momento:

no anunciar reformas, sino construirlas con coherencia; no prometer milagros, sino asumir sacrificios; no imitar modelos, sino atreverse a transformar estructuras.

Solo entonces, y solo entonces, la palabra “reforma educativa” dejará de ser una consigna vacía y podrá convertirse en un auténtico proyecto de justicia social para el futuro de El Salvador.

REFLEXIÓN FINAL

Hablar hoy de educación en El Salvador no es hablar solo de escuelas, programas, computadoras o metodologías. Es hablar, en el fondo, del tipo de sociedad que estamos construyendo y del tipo de ser humano que estamos formando. Toda política educativa revela, aunque no lo diga explícitamente, una concepción del mundo, del poder, de la dignidad y del futuro.

El llamado modelo educativo finlandés, proveniente de Finlandia, irrumpe en nuestro debate nacional como una promesa de salvación pedagógica. Pero las naciones no se salvan copiando modelos ajenos; las naciones se transforman cuando se atreven a mirarse con crudeza, a reconocer sus fracturas históricas y a asumir con responsabilidad sus contradicciones. Copiar sin comprender es una forma elegante de evadir la propia realidad.

Finlandia no construyó su sistema educativo desde la comodidad, sino desde la crisis, la pobreza y la necesidad histórica. Su grandeza no está en sus aulas modernas, sino en haber entendido que invertir en educación es una decisión ética y política, no un gasto administrativo. Allí, el niño no es un número; el docente no es un enemigo; la escuela no es un castigo. Esa es la lección más profunda que este país centroamericano debería atreverse a aprender.

En El Salvador, en cambio, la educación ha sido demasiadas veces rehén del corto plazo, del cálculo electoral, de la improvisación y de la propaganda. Se ha hablado de reformas sin transformar estructuras; de calidad sin tocar la desigualdad; de modernización sin dignificar al magisterio; de tecnología sin resolver el hambre, la violencia y el abandono emocional de miles de estudiantes. Así, la escuela ha terminado siendo, para muchos, más un espacio de sobrevivencia que de realización humana.

Por eso, el debate sobre el modelo finlandés no debe reducirse a una discusión técnica, sino convertirse en un acto de conciencia nacional. La pregunta decisiva no es qué método vamos a importar, sino qué país estamos dispuestos a construir desde la educación. ¿Uno donde se forme mano de obra obediente para sostener un sistema desigual? ¿O uno donde se formen ciudadanos críticos, libres y dignos, capaces de pensar su realidad y transformarla?

La educación, cuando es verdadera, no solo transmite conocimientos: redistribuye poder, cuestiona injusticias, rompe fatalismos y siembra futuro. Por eso siempre ha sido temida por los autoritarismos y manipulada por las élites. Una educación que piense, que critique y que emancipe es peligrosa para cualquier sistema que necesite súbditos y no ciudadanos.

Si El Salvador decide aprender de Finlandia solo en la superficie, importando discursos y decorados, el intento fracasará. Pero si decide asumir su espíritu más profundo —equidad, dignidad humana, confianza en el docente, centralidad del niño, justicia social— entonces el modelo finlandés dejará de ser una moda y se transformará en una inspiración para construir un proyecto educativo propio, enraizado en nuestra historia, nuestras heridas y nuestras esperanzas.

La educación no cambia países de un día para otro, pero ningún país ha cambiado jamás sin transformar su educación. Este es el dilema histórico que hoy tenemos delante:

seguir administrando la desigualdad bajo nuevos discursos, o atrevernos, por fin, a convertir la educación en un verdadero acto de justicia social.

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                                          SAN SALVADOR, 8 DE DICIEMBRE DE 2025

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