FINLANDIA COMO ESPEJO: EDUCACIÓN, EQUIDAD Y REALIDAD SOCIAL EN EL SALVADOR
POR: MSc. JOSÈ ISRAEL VENTRURA.
INTRODUCCIÓN
En los últimos días, la noticia de que El Salvador
adoptaría el llamado modelo educativo finlandés ha generado una ola de
entusiasmo, expectativas y también de interrogantes legítimas en amplios
sectores de la sociedad. Para muchos, Finlandia representa un paradigma de
éxito educativo; para otros, la noticia despierta dudas razonables sobre la
viabilidad real de trasladar un sistema nacido en condiciones históricas,
económicas y culturales radicalmente distintas a las nuestras. En medio de este
escenario, resulta imprescindible abandonar el terreno de la propaganda fácil y
entrar en el análisis serio, crítico y responsable.
El sistema educativo de Finlandia ha sido exaltado
durante décadas como uno de los mejores del mundo debido a sus altos niveles de
equidad, calidad, inclusión y bienestar estudiantil. Sin embargo, reducir su éxito a simples métodos pedagógicos o a
fórmulas didácticas es una simplificación peligrosa. El modelo finlandés no es
únicamente una forma de enseñar: es la expresión educativa de un proyecto de
país cimentado en un sólido Estado de bienestar, una fuerte inversión social,
una alta profesionalización docente, una baja desigualdad estructural y una
cultura de confianza institucional que tardó más de medio siglo en
consolidarse.
Por ello, hablar de “adoptar el modelo finlandés” sin
revisar, al mismo tiempo, las profundas desigualdades económicas, las
limitaciones presupuestarias, la fragilidad histórica de las políticas
públicas, la precarización del magisterio y el contexto social marcado por la
violencia, la migración forzada y la pobreza estructural, puede convertirse
fácilmente en un acto de ingenuidad política o, peor aún, en una estrategia
discursiva de alto impacto mediático, pero bajo contenido transformador.
La educación no existe en el vacío. Está íntimamente
ligada al modelo económico, al tipo de Estado, a la cultura política, al grado
de cohesión social y a la ética pública de una nación. Pretender importar un
sistema educativo sin transformar simultáneamente estas condiciones de fondo
equivale a colocar un techo europeo sobre cimientos centroamericanos llenos de
grietas históricas. El riesgo no es solo el fracaso técnico de la reforma, sino
también la frustración social que se produce cuando se prometen
transformaciones profundas sin tocar las raíces reales del problema.
En El Salvador, durante décadas, la educación ha sido
objeto de discursos grandilocuentes, reformas parciales, improvisaciones
curriculares y ensayos fragmentados que rara vez han sido pensados como una
verdadera política de Estado de largo plazo. Los cambios de gobierno han traído
consigo cambios de programas, enfoques y prioridades, sin continuidad
estructural ni evaluación seria de impacto. En ese contexto, la referencia al
modelo finlandés corre el peligro de convertirse en una nueva etiqueta
atractiva que oculte la persistencia de viejos vicios: desigualdad territorial,
baja inversión sostenida, infraestructura deficiente, sobrecarga administrativa
docente y escasa participación crítica del magisterio en las grandes decisiones
educativas.
Este ensayo
parte, por tanto, de una postura clara: Finlandia no es una receta exportable,
sino una experiencia histórica de la cual se puede aprender críticamente. No se
trata de copiar modelos, sino de comprender principios; no de imitar
estructuras, sino de construir procesos propios; no de reproducir discursos,
sino de generar compromisos reales con la transformación social. El verdadero
desafío no es parecerse a Finlandia en el discurso oficial, sino atreverse a
transformar las condiciones estructurales que han mantenido a la educación
salvadoreña atrapada entre la precariedad, la desigualdad y la instrumentalización
política.
Desde esta perspectiva, el presente ensayo se propone
analizar, con rigor crítico, las características fundamentales del modelo
finlandés, sus bondades reales, sus límites y, sobre todo, las posibilidades
objetivas y los riesgos de intentar aplicarlo en el contexto salvadoreño. El propósito no es desalentar la aspiración
al cambio, sino advertir que toda transformación educativa auténtica exige
coherencia entre el discurso pedagógico y la realidad social que lo sostiene. De
lo contrario, la educación seguirá siendo, una vez más, la promesa incumplida
de un país que dice querer cambiar, pero que aún no se atreve a tocar las
estructuras que lo impiden.
I. EL MODELO EDUCATIVO FINLANDÉS: ORIGEN, FUNDAMENTOS Y
FILOSOFÍA SOCIAL
Hablar del modelo educativo de Finlandia sin conocer su
origen histórico es caer en una visión superficial. Su sistema no nació de la
noche a la mañana ni como resultado de una simple reforma técnica. Es el fruto de un proyecto político, social
y cultural de largo plazo, impulsado desde la década de 1970, cuando el Estado
finlandés decidió apostar estratégicamente por la educación como motor central
del desarrollo humano, la equidad social y la cohesión nacional.
Antes de esa transformación, Finlandia no era el país ejemplo
que hoy se presenta en los rankings internacionales. Durante buena parte del
siglo XX fue una nación rural, con pobreza, desigualdad territorial y bajos
niveles educativos. La decisión
histórica que cambió su rumbo fue entender que la educación no debía servir
solo para formar mano de obra, sino para construir ciudadanía, pensamiento
crítico y justicia social. Desde entonces, cada reforma educativa ha sido
pensada como política de Estado, no como política de gobierno.
1.
Educación como derecho, no como mercancía
Uno de los pilares fundamentales del modelo finlandés es
que la educación es un derecho social garantizado plenamente por el Estado,
desde la educación inicial hasta la universidad. No se concibe como un negocio, ni como un privilegio, ni como un
servicio condicionado por la capacidad económica de las familias. Todo el
sistema está diseñado para que ningún niño, niña o joven quede fuera por
razones de pobreza, discapacidad, lugar de residencia o condición social.
Esta concepción choca de frente con la lógica
predominante en muchos países de América Latina, donde la educación ha sido
convertida progresivamente en una mercancía: quien puede paga por una mejor
escuela; quien no puede, se resigna a una educación de baja calidad. En
Finlandia, esa brecha fue cerrada deliberadamente por el Estado: la escuela pública es la mejor escuela.
Este principio tiene una consecuencia ética profunda: no
hay estudiantes de primera y de segunda categoría. Todos son sujetos de
derecho, no clientes del sistema ni cifras para el marketing político.
LA EQUIDAD COMO
COLUMNA VERTEBRAL DEL SISTEMA
A diferencia de los modelos basados en la competencia
extrema, los premios, los castigos y la selección temprana, Finlandia construyó
su sistema sobre la equidad. Esto significa que el Estado invierte más recursos
donde hay más necesidades, no donde hay más prestigio.
Las diferencias entre escuelas son mínimas. No existen
centros “de élite” financiados por el Estado ni guetos escolares abandonados.
La calidad está distribuida territorialmente de forma bastante equilibrada.
Esta lógica rompe con una idea muy extendida en nuestros países: que la
desigualdad educativa es algo “natural” o “inevitable”.
En Finlandia se entiende que la desigualdad educativa es
una injusticia social que el Estado tiene la obligación de corregir, no de
administrar.
3. El
docente como eje del sistema, no como ejecutor pasivo
Otro fundamento esencial es la alta profesionalización
del magisterio. En Finlandia, el docente no es visto como un simple aplicador
de programas impuestos desde arriba, sino como un profesional de alto nivel
académico, con autonomía, criterio pedagógico y responsabilidad social.
Para ejercer como maestro se exige una formación
universitaria rigurosa, generalmente a nivel de maestría. Pero más importante
aún: al docente se le respeta, se le escucha y se confía en él. No se le
persigue con amenazas, no se le ahoga en trámites administrativos absurdos, no
se le trata como sospechoso permanente.
Esta diferencia es crucial. En sistemas frágiles, como el de El Salvador, el docente suele ser responsabilizado de todos los fracasos educativos, mientras se le niegan las condiciones materiales, salariales, emocionales y profesionales para realizar bien su trabajo. En Finlandia ocurre exactamente lo contrario: se confía primero, se controla después solo cuando es necesario.
4. Menos exámenes, más aprendizaje real
El modelo finlandés desmonta uno de los mitos más
arraigados de los sistemas educativos tradicionales: que más exámenes producen
mejor educación. Allí no existen pruebas estandarizadas anuales de alto impacto
como mecanismo de presión. La evaluación es continua, formativa y orientada a
mejorar, no a humillar ni a clasificar.
Esto reduce significativamente la ansiedad escolar, el
estrés infantil y la lógica del “estudiar solo para pasar”. Se estudia para
comprender, no para memorizar mecánicamente. Se aprende para la vida, no para
rellenar hojas de respuesta.
5. La infancia como etapa sagrada del desarrollo humano
Una de las
grandes fortalezas del modelo finlandés es su enfoque en la educación inicial.
Antes de los siete años, la prioridad no es la acumulación de contenidos, sino
el desarrollo emocional, social, creativo y motor del niño. El juego, la
exploración, la convivencia y la curiosidad son los ejes centrales.
Aquí se rompe otro mito latinoamericano: que entre más
temprano y más duro se presione al niño, mejor será su rendimiento futuro.
Finlandia demuestra exactamente lo contrario: los niños que juegan más y son
menos presionados en la infancia terminan teniendo mejores resultados
académicos y humanos en la adultez.
6.
Educación, bienestar y dignidad humana
El sistema educativo finlandés está integrado a una red
amplia de protección social: alimentación gratuita, atención médica, apoyo
psicológico, transporte escolar y atención a necesidades especiales. El
aprendizaje no se separa de la dignidad material del estudiante.
Este punto
es clave para el debate salvadoreño: no se puede exigir alto rendimiento en
niños que llegan con hambre, miedo, cansancio y carencias emocionales
profundas. Sin bienestar no hay aprendizaje real; solo hay sobrevivencia
escolar.
Cierre crítico del apartado
El modelo
educativo finlandés no es exitoso porque use tabletas, pizarras digitales o
metodologías de moda. Es exitoso porque está sustentado en una estructura
social justa, un Estado fuerte, una ética pública sólida y un profundo respeto
por la dignidad humana.
Pretender imitar superficialmente sus métodos sin tocar
estas bases estructurales sería una ilusión peligrosa. El verdadero reto para El Salvador no es copiar a Finlandia, sino
atreverse a construir, desde su propia realidad, un sistema educativo que
priorice la equidad, el bienestar, el pensamiento crítico y la justicia social
por encima del espectáculo político y la improvisación reformista.
II. LAS BONDADES REALES DEL MODELO FINLANDÉS Y SUS
APORTES POSIBLES PARA EL SALVADOR
Hablar de las bondades del modelo educativo finlandés no
significa idealizarlo ni convertirlo en un mito intocable. Todo sistema tiene
límites y contradicciones. Sin embargo, es innegable que Finlandia ha logrado
articular una serie de fortalezas estructurales que han sostenido, durante
décadas, una educación con altos niveles de calidad, equidad y bienestar
humano. Analizar estas bondades permite
identificar qué elementos podrían ser inspiradores y adaptables en un país como
El Salvador, sin caer en la copia mecánica ni en el espejismo del éxito
importado.
1. La equidad como valor concreto, no como discurso vacío
Una de las mayores bondades del modelo finlandés es que
la equidad no es solo un discurso político, sino una práctica sistemática del
Estado. En Finlandia, las escuelas que atienden a población en situación de
mayor vulnerabilidad reciben más recursos, más apoyo profesional y más
acompañamiento institucional. No se castiga a las escuelas pobres por ser
pobres; se las fortalece.
En contraste, en muchos países latinoamericanos —incluido
El Salvador— sucede lo contrario: las escuelas con menos recursos suelen ser
las más exigidas, las más fiscalizadas y, paradójicamente, las menos apoyadas.
Se les evalúa con los mismos parámetros que a centros con condiciones
infinitamente mejores, reproduciendo así un círculo vicioso de exclusión.
Si El
Salvador lograra asumir la equidad como un principio operativo y no solo como
una consigna, se daría un paso histórico para romper la herencia de desigualdad
educativa que se transmite de generación en generación.
2. La dignificación real del magisterio
Otra gran
fortaleza del modelo finlandés es la dignificación auténtica del docente, no
solo en el discurso, sino en las condiciones concretas de su formación y su trabajo.
El maestro finlandés no es visto como un empleado subordinado a órdenes
burocráticas sin sentido, sino como un intelectual de la pedagogía, un
profesional de alta responsabilidad social.
Esto tiene efectos profundos:
·
Eleva la
autoestima profesional.
·
Fortalece
el compromiso ético.
·
Incrementa
la calidad de la práctica educativa.
·
Reduce el
desgaste emocional y el abandono de la carrera docente.
En El Salvador, por el contrario, el magisterio ha sido
históricamente golpeado por bajos salarios, sobrecarga administrativa,
desconfianza institucional y, en muchos casos, criminalización simbólica.
Adoptar el enfoque finlandés en este punto implicaría una ruptura cultural
profunda: pasar de controlar al docente a confiar en él; de imponerle, a
formarlo; de sospechar, a respaldar.
Sin una verdadera revalorización del magisterio, toda
reforma educativa está condenada al fracaso.
3. El bienestar como condición del aprendizaje
El modelo finlandés parte de una verdad sencilla, pero
revolucionaria: un niño con hambre, miedo, ansiedad o abandono emocional no
puede aprender de manera plena. Por eso, el sistema educativo está articulado
con una red de bienestar que incluye alimentación escolar, atención médica,
apoyo psicológico, transporte gratuito y atención a necesidades especiales.
Esta concepción debería resultar especialmente
significativa para El Salvador, un país donde miles de estudiantes:
·
llegan a la
escuela sin desayunar,
·
viven en
contextos de violencia,
·
cargan con
traumas familiares,
·
trabajan
desde muy pequeños,
·
enfrentan
migración forzada de sus padres.
Si el Estado no asume el bienestar integral del
estudiante como parte de su responsabilidad educativa, la escuela seguirá
siendo un lugar de resistencia, no de desarrollo humano.
4. Aprender
para la vida, no solo para aprobar exámenes
Una bondad sustancial del sistema finlandés es su ruptura
con el modelo tradicional de enseñanza memorística, repetitiva y basada en la
presión constante de los exámenes. Allí se aprende para comprender, para
resolver problemas, para convivir, para crear y para pensar críticamente.
Esto genera estudiantes:
·
con mayor
autonomía intelectual,
·
con mejor
capacidad de análisis,
·
con mayor
disposición para el trabajo cooperativo,
·
con menor
miedo al error.
En El Salvador, en cambio, el sistema sigue atrapado en
una pedagogía del miedo: miedo a reprobar, miedo a equivocarse, miedo a pensar
distinto. El resultado ha sido una educación que muchas veces domestica más de
lo que libera.
Adoptar una pedagogía más humana, activa y reflexiva no
solo elevaría el nivel académico, sino también la calidad democrática de la
sociedad.
5. La escuela como espacio de dignidad, no de castigo
En Finlandia, la escuela no se concibe como una cárcel
del saber, sino como un espacio de convivencia, respeto y crecimiento. Las aulas no están dominadas por el grito,
el castigo ni la humillación. La disciplina no se impone por miedo, sino por
responsabilidad compartida.
Este
enfoque tiene un valor político profundo: forma ciudadanos libres, no súbditos
obedientes. Enseña a convivir en democracia antes de hablar de democracia.
En sociedades marcadas por la violencia estructural, como
la salvadoreña, transformar la escuela en un espacio de paz real —y no solo
discursiva— es una de las tareas más urgentes y difíciles.
6. Educación
y proyecto de nación
Quizá la mayor bondad del modelo finlandés es que la
educación no ha sido utilizada como instrumento de propaganda electoral, sino
como eje de un proyecto de nación. Los gobiernos cambian, pero la política
educativa se mantiene con ajustes graduales, evaluados técnicamente y no según
intereses partidarios.
En El Salvador, lamentablemente, la educación ha sido
utilizada durante décadas como herramienta de legitimación política: cada
gobierno promete la gran reforma, borra lo anterior, improvisa lo nuevo y parte
de cero otra vez. Sin continuidad histórica, no hay sistema educativo que
resista.
Cierre crítico del apartado
Las bondades del modelo finlandés no son productos
milagrosos ni recetas pedagógicas aisladas. Son el resultado de una coherencia
profunda entre educación, Estado, economía, ética pública y dignidad humana.
El desafío
para El Salvador no es admirar desde fuera este modelo, sino preguntarse con
seriedad:
¿Estamos dispuestos a tocar las estructuras que impiden
que nuestra educación sea verdaderamente equitativa, humana y liberadora?
Si la respuesta es no, entonces cualquier intento de
“adoptar el modelo finlandés” será solo una ilusión bien maquillada. Si la
respuesta es sí, entonces el camino será largo, difícil, conflictivo… pero
históricamente necesario.
III. LOS LÍMITES ETRUCTURALES DE APLICAR EL MODELO
FINLANDÉS EN EL SALVADOR
El
entusiasmo que ha generado la noticia sobre la posible adopción del modelo
educativo finlandés en El Salvador debe ser acompañado, obligatoriamente, por
un análisis honesto de los límites estructurales que enfrenta el país. No se
trata de oponerse al cambio por principio, sino de evitar que la ilusión
sustituya a la planificación seria. Las
transformaciones educativas profundas no fracasan por falta de discursos, sino
por ignorar las condiciones materiales, sociales, económicas y políticas en las
que deben operar.
1. El límite económico: sin inversión sostenida no hay
reforma real
Uno de los mayores obstáculos para replicar siquiera
parcialmente el modelo de Finlandia es el factor económico. Finlandia sostiene
su sistema educativo sobre una alta inversión pública por estudiante,
respaldada por una política fiscal fuerte, progresiva y estable. Esto permite
garantizar:
·
Escuelas
bien equipadas,
·
Infraestructura
digna,
·
Alimentación
escolar universal,
·
Atención
médica y psicológica,
·
Formación
docente de alto nivel,
·
Investigación
educativa permanente.
En El Salvador, la inversión educativa ha sido
históricamente insuficiente, inestable y condicionada por ciclos políticos.
Pretender un salto de calidad sin una reforma fiscal estructural es construir
castillos sobre arena.
No se puede exigir educación de primer mundo con
presupuestos de sobrevivencia.
La educación no mejora por voluntad moral; mejora cuando
se le asignan recursos reales, constante y transparentemente administrados.
2. El límite social: pobreza, violencia y desigualdad
estructural
El modelo finlandés se sostiene sobre una sociedad con:
·
Bajos
niveles de pobreza,
·
Alta
cohesión social,
·
Baja
violencia,
·
Fuertes
redes de protección social,
· Confianza ciudadana en las instituciones.
El Salvador, por el contrario, arrastra heridas
históricas profundas:
·
Exclusión
social crónica,
·
Violencia
estructural,
·
Migración
forzada,
·
Fragmentación
familiar,
·
Desigualdades
territoriales extremas.
Estas
condiciones impactan directamente en el aula. Miles de estudiantes no solo
llegan con cuadernos, sino con miedo, trauma, hambre, cansancio y carencias
afectivas. En este contexto, pedir resultados similares a los de Finlandia sin
atender estas realidades es pedagógicamente injusto y éticamente irresponsable.
La educación no puede ir más rápido que la justicia
social, porque cuando lo intenta, termina reproduciendo la desigualdad que dice
combatir.
3. El límite institucional: fragilidad del Estado y
discontinuidad histórica
El modelo finlandés es fruto de un Estado fuerte, estable
y confiable. Sus reformas educativas se han mantenido por décadas con mínima
interferencia partidaria. En cambio, El Salvador ha vivido:
·
Reformas
educativas inconclusas,
·
Cancelación
de programas cada cambio de gobierno,
·
Ausencia de
evaluación técnica profunda,
·
Politización
constante de la educación.
Aquí cada administración inicia “su propia” reforma,
borra lo anterior y presenta el cambio como un logro personal. Sin continuidad
institucional, no hay sistema educativo que sobreviva, por muy buena que sea la
inspiración extranjera.
El riesgo es claro: que el modelo finlandés sea utilizado
como slogan político, no como política de Estado.
4. El límite del magisterio precarizado
Otro muro estructural es la situación real del magisterio
salvadoreño. Mientras en Finlandia el docente es formado durante años con altos
estándares académicos, en El Salvador muchos maestros:
·
Se forman
en condiciones universitarias débiles,
·
Carecen de
acompañamiento pedagógico real,
·
Enfrentan
salarios insuficientes,
·
Son
sobrecargados con tareas administrativas,
·
Trabajan en
ambientes de estrés y desprotección.
No se puede exigir innovación, pensamiento crítico,
metodologías activas y formación integral cuando el docente lucha por
sobrevivir material y emocionalmente.
Sin dignificación real del magisterio, cualquier modelo
educativo muere en el papel.
5. El límite cultural: autoritarismo escolar y pedagogía
del miedo
El modelo finlandés se sostiene en una cultura de
confianza, donde el estudiante es sujeto de derecho, no objeto de control. En
El Salvador aún predomina, en muchos centros, una cultura autoritaria:
·
Grito como
método,
·
Castigo
como estrategia,
·
Miedo como
disciplina,
·
Memorización
como evaluación.
No basta con cambiar programas de estudio si no se
transforma esta cultura pedagógica profundamente arraigada. Copiar métodos
finlandeses sin desmontar esta mentalidad solo provocaría choques,
frustraciones y simulaciones.
6. El límite político: educación usada como herramienta
de propaganda
En Finlandia, la educación es un proyecto nacional. En El
Salvador ha sido, con demasiada frecuencia, un instrumento de legitimación
política. Se anuncian grandes reformas, se prometen cambios espectaculares, se
publicitan logros, pero pocas veces se construyen procesos sostenidos.
El peligro es que el “modelo finlandés” se convierta en:
·
una
etiqueta atractiva,
·
un recurso
mediático,
·
una bandera
de campaña,
·
y no en una
transformación estructural.
·
Cuando la
educación se convierte en propaganda, deja de ser liberación.
Cierre crítico del apartado
Los límites para aplicar el modelo finlandés en El
Salvador no son técnicos, sino estructurales, sociales, económicos, culturales
y políticos.
No es que el país no pueda aspirar a una educación de
alta calidad; es que no puede lograrla sin transformar primero las condiciones
que históricamente han hecho de la educación un espacio de sobrevivencia y no
de plenitud humana.
Esto conduce a una conclusión ineludible:
no basta con importar un modelo; es necesario reconstruir
las bases del país que lo sostendría.
IV. ¿QUÉ SÍ SE PUEDE ADAPTAR DEL MODELO FINLANDÉS A LA
REALIDAD SALVADOREÑA?
Aceptar que
el modelo educativo de Finlandia no puede ser copiado mecánicamente en El
Salvador no significa renunciar a aprender de él. Todo lo contrario: la
verdadera innovación consiste en saber traducir principios universales a
realidades concretas. En este sentido, existen elementos del enfoque finlandés
que sí pueden adaptarse, de manera progresiva, crítica y realista, si se
abandona la improvisación y se apuesta por un proyecto educativo de largo
plazo.
1. Cambiar la lógica de la reforma: de medidas aisladas a
procesos sostenidos
Uno de los
aprendizajes más importantes de Finlandia no es pedagógico, sino político: la
educación no se transforma con parches, sino con procesos acumulativos. El
Salvador podría comenzar por algo fundamental:
·
Establecer una política educativa de Estado, con vigencia
mínima de 20 años.
·
Blindar los grandes acuerdos educativos del vaivén
electoral.
1. Evaluar las
reformas con criterios técnicos y no propagandísticos.
Esto no requiere copiar un solo método finlandés, sino
superar la cultura de la reforma improvisada que ha debilitado históricamente
nuestro sistema.
2. Reorientar la evaluación: menos castigo, más
acompañamiento
Una de las adaptaciones más urgentes es el cambio en la
cultura de evaluación. No se necesita un gran presupuesto para comenzar a
transformar esto:
·
Reducir el
peso de las pruebas punitivas.
·
Fortalecer
la evaluación formativa.
·
Valorar
procesos de aprendizaje, no solo resultados numéricos.
·
Usar el
error como oportunidad pedagógica, no como humillación pública.
Este cambio tendría un impacto inmediato en:
·
La salud
mental estudiantil,
·
La relación
docente–estudiante,
·
La
motivación por aprender,
·
La
permanencia escolar.
Aquí Finlandia no aporta una receta técnica, sino una
ética de la evaluación profundamente humana.
3. Recuperar la dignidad pedagógica del docente
Si algo puede y debe adaptarse con urgencia es el giro en
el trato al magisterio. No hace falta convertir de inmediato todas las carreras
docentes en maestrías, pero sí se puede:
·
Reducir la
carga administrativa absurda.
·
Fortalecer
la formación continua con acompañamiento real en el aula.
·
Crear
espacios de investigación pedagógica escolar.
·
Reconocer
al docente como sujeto pensante, no como ejecutor pasivo.
Este punto no depende tanto de recursos económicos como
de voluntad política y cambio de mentalidad institucional. Sin este giro, toda
reforma seguirá siendo vertical, autoritaria y frágil.
4. Poner el bienestar del estudiante en el centro
Sin copiar el Estado de bienestar finlandés en su
totalidad, El Salvador sí podría priorizar acciones mínimas pero estratégicas:
·
Fortalecer
la alimentación escolar como política educativa, no como asistencialismo.
·
Garantizar
atención psicoemocional en las escuelas con mayor vulnerabilidad.
·
Proteger el
tiempo de recreo, el juego y la expresión artística.
·
Diseñar
jornadas escolares que respeten los ritmos humanos del niño y del joven.
·
Esto no es
un lujo nórdico: es una condición básica para que exista aprendizaje real.
5. Transformar la pedagogía de la obediencia en pedagogía
del pensamiento
Una de las mayores herencias negativas del sistema
educativo salvadoreño es la pedagogía del miedo, la repetición y el silencio.
De Finlandia se puede adaptar el enfoque que promueve:
·
Aprendizaje
basado en proyectos.
·
Trabajo
colaborativo.
·
Integración
de asignaturas.
·
Resolución
de problemas reales del entorno.
·
Producción
de conocimiento, no solo consumo de información.
Esto puede comenzar con experiencias piloto bien
acompañadas, sin necesidad de imponerlo de forma forzada a todo el sistema.
6. Iniciar con escuelas piloto verdaderas, no vitrinas mediáticas
Finlandia nunca construyó su sistema desde “escuelas
modelo de propaganda”, sino desde una red pública fortalecida progresivamente.
El Salvador podría adaptar esta idea mediante:
Escuelas piloto en zonas urbanas, rurales y de alta
vulnerabilidad.
Equipos docentes seleccionados por compromiso pedagógico,
no por afinidad política.
Evaluaciones cualitativas de los procesos, no solo
resultados en pruebas.
El objetivo no sería exhibir éxitos rápidos, sino
aprender de los errores y construir desde la experiencia real.
7. Construir una narrativa educativa honesta con la población
Una de las adaptaciones más urgentes no es pedagógica,
sino comunicacional:
decir la verdad sobre los tiempos de la educación.
El país debe entender que:
·
La
educación no produce milagros inmediatos.
·
Los
resultados se ven en generaciones, no en meses.
·
Las
transformaciones profundas implican conflictos, resistencias y ajustes.
·
Esta
honestidad evitaría la frustración social y el descrédito de las reformas
futuras.
Cierre crítico del apartado
Lo que sí se puede adaptar del modelo finlandés no son
sus edificios, ni sus pizarras digitales, ni sus muebles modernos. Lo que
realmente se puede y debe adaptar es su filosofía educativa: equidad real,
dignidad docente, bienestar del estudiante, evaluación humana, pensamiento crítico
y continuidad histórica.
El problema no es técnico, es político y ético:
·
¿Queremos
una educación para formar ciudadanos libres o solo mano de obra dócil?
·
De esa
respuesta depende si la inspiración finlandesa será una semilla transformadora
o un simple adorno discursivo.
V. CONCLUSIONES CRÍTICAS: ENTRE LA ESPERANZA, LA
PROPAGANDA Y LA RESPONSABILIDAD HISTÓRICA
El anuncio de que El Salvador tomaría como referencia el
modelo educativo de Finlandia abre, sin duda, un escenario cargado de
expectativas. Para amplios sectores de la población, golpeados por décadas de
precariedad educativa, la sola mención de Finlandia despierta esperanza. Pero
la esperanza, cuando no se acompaña de verdad, de planificación seria y de
voluntad estructural de cambio, puede convertirse rápidamente en frustración
colectiva.
Este ensayo ha intentado demostrar que el éxito educativo
finlandés no es un milagro pedagógico, ni una casualidad cultural, ni un simple
paquete de metodologías innovadoras. Es el resultado de un proyecto histórico
de nación que puso la educación en el centro de su desarrollo durante décadas,
respaldado por un Estado fuerte, una política fiscal coherente, una ética
pública sólida y una cultura de equidad real. Ese es el verdadero secreto que
rara vez se menciona en los anuncios oficiales.
La gran pregunta de fondo no es si El Salvador puede
“copiar” a Finlandia. Esa pregunta ya está mal formulada. La pregunta correcta
es mucho más incómoda y profunda:
¿estamos dispuestos, como sociedad y como Estado, a
transformar las estructuras que históricamente han producido exclusión,
desigualdad, precarización docente y abandono estudiantil?
Porque si esa transformación no ocurre, cualquier intento
de adaptación del modelo finlandés estará condenado a convertirse en una
reforma superficial, adornada con un discurso moderno, pero sostenida sobre los
mismos cimientos viejos de siempre.
La experiencia histórica salvadoreña es clara: la
educación ha sido utilizada demasiadas veces como instrumento de propaganda
política, como vitrina de logros rápidos, como mercancía electoral. Cada
gobierno anuncia grandes cambios, pero pocos construyen procesos duraderos.
Así, la educación ha caminado a trompicones, entre planes inconclusos, reformas
fragmentadas y promesas recicladas. En ese contexto, el “modelo finlandés”
corre el riesgo de convertirse en un nuevo eslogan si no se rompe, de una vez
por todas, con esa lógica de simulación.
Este ensayo sostiene, sin ambigüedades, que sí es posible
aprender de Finlandia, pero solo bajo ciertas condiciones históricas
ineludibles:
Si la educación deja de ser botín partidario y se
convierte en política de Estado.
Si el magisterio deja de ser culpabilizado y pasa a ser
dignificado real y estructuralmente.
Si el bienestar del estudiante se asume como condición de
aprendizaje y no como caridad.
Si la evaluación deja de ser castigo y se transforma en
acompañamiento.
Si la escuela deja de ser fábrica de obediencia y se
convierte en espacio de pensamiento crítico.
Si el país acepta que los verdaderos resultados
educativos se miden en generaciones, no en periodos de gobierno.
De lo contrario, el discurso de la reforma educativa
seguirá siendo una vitrina sin fondo, una promesa sin raíces, una modernización
sin justicia.
La inspiración finlandesa solo tendrá sentido si se
transforma en un espejo incómodo que obligue a El Salvador a mirarse con
honestidad: a reconocer sus desigualdades históricas, su deuda con la niñez, su
abandono del magisterio, su fragilidad institucional y su costumbre de
confundir cambio con propaganda.
En última instancia, el problema no es Finlandia. El
problema es qué tipo de país queremos construir y para quién queremos que sirva
la educación.
Si la educación se concibe como herramienta de movilidad
social, dignidad humana y emancipación intelectual, entonces cualquier modelo
que se estudie —finlandés o de cualquier otra latitud— será solo un medio,
nunca un fin.
Pero si la educación se sigue concibiendo como mecanismo
de control, domesticación o legitimación política, ningún modelo, por exitoso
que sea en otros contextos, podrá salvarnos de repetir nuestros propios
fracasos.
Aquí radica la verdadera responsabilidad histórica de
este momento:
no anunciar reformas, sino construirlas con coherencia;
no prometer milagros, sino asumir sacrificios; no imitar modelos, sino atreverse
a transformar estructuras.
Solo entonces, y solo entonces, la palabra “reforma
educativa” dejará de ser una consigna vacía y podrá convertirse en un auténtico
proyecto de justicia social para el futuro de El Salvador.
REFLEXIÓN FINAL
Hablar hoy de educación en El Salvador no es hablar solo
de escuelas, programas, computadoras o metodologías. Es hablar, en el fondo,
del tipo de sociedad que estamos construyendo y del tipo de ser humano que
estamos formando. Toda política educativa revela, aunque no lo diga
explícitamente, una concepción del mundo, del poder, de la dignidad y del
futuro.
El llamado modelo educativo finlandés, proveniente de
Finlandia, irrumpe en nuestro debate nacional como una promesa de salvación
pedagógica. Pero las naciones no se salvan copiando modelos ajenos; las
naciones se transforman cuando se atreven a mirarse con crudeza, a reconocer
sus fracturas históricas y a asumir con responsabilidad sus contradicciones.
Copiar sin comprender es una forma elegante de evadir la propia realidad.
Finlandia no construyó su sistema educativo desde la
comodidad, sino desde la crisis, la pobreza y la necesidad histórica. Su
grandeza no está en sus aulas modernas, sino en haber entendido que invertir en
educación es una decisión ética y política, no un gasto administrativo. Allí,
el niño no es un número; el docente no es un enemigo; la escuela no es un
castigo. Esa es la lección más profunda que este país centroamericano debería
atreverse a aprender.
En El Salvador, en cambio, la educación ha sido
demasiadas veces rehén del corto plazo, del cálculo electoral, de la
improvisación y de la propaganda. Se ha hablado de reformas sin transformar
estructuras; de calidad sin tocar la desigualdad; de modernización sin
dignificar al magisterio; de tecnología sin resolver el hambre, la violencia y
el abandono emocional de miles de estudiantes. Así, la escuela ha terminado
siendo, para muchos, más un espacio de sobrevivencia que de realización humana.
Por eso, el debate sobre el modelo finlandés no debe
reducirse a una discusión técnica, sino convertirse en un acto de conciencia
nacional. La pregunta decisiva no es qué método vamos a importar, sino qué país
estamos dispuestos a construir desde la educación. ¿Uno donde se forme mano de
obra obediente para sostener un sistema desigual? ¿O uno donde se formen
ciudadanos críticos, libres y dignos, capaces de pensar su realidad y
transformarla?
La educación, cuando es verdadera, no solo transmite conocimientos:
redistribuye poder, cuestiona injusticias, rompe fatalismos y siembra futuro.
Por eso siempre ha sido temida por los autoritarismos y manipulada por las
élites. Una educación que piense, que critique y que emancipe es peligrosa para
cualquier sistema que necesite súbditos y no ciudadanos.
Si El Salvador decide aprender de Finlandia solo en la
superficie, importando discursos y decorados, el intento fracasará. Pero si
decide asumir su espíritu más profundo —equidad, dignidad humana, confianza en
el docente, centralidad del niño, justicia social— entonces el modelo finlandés
dejará de ser una moda y se transformará en una inspiración para construir un
proyecto educativo propio, enraizado en nuestra historia, nuestras heridas y
nuestras esperanzas.
La educación no cambia países de un día para otro, pero
ningún país ha cambiado jamás sin transformar su educación. Este es el dilema
histórico que hoy tenemos delante:
seguir administrando la desigualdad bajo nuevos
discursos, o atrevernos, por fin, a convertir la educación en un verdadero acto
de justicia social.
Entre la esperanza y la propaganda: el desafío del modelo
finlandés en la educación salvadoreña
Finlandia como espejo: educación, equidad y realidad
social en El Salvador
¿Copiar o transformar? El mito del modelo finlandés en la
educación salvadoreña
Educación, justicia y dignidad: lecciones finlandesas
frente a la realidad salvadoreña
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cambio y los límites estructurales
Reforma educativa o ilusión importada: una mirada crítica
al modelo finlandés en El Salvador
SAN SALVADOR, 8 DE DICIEMBRE DE 2025
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